Al margen de las posibilidades de quienes en estos momentos encabezan las encuestas para la elección de la presidencia de la República, así como de senadores y diputados, en estos últimos días están dando el rostro aquellos candidatos y candidatas que, aparentemente, no tienen mayor opción. Al menos así lo revelan los escrutinios de las empresas especializadas.
Sin embargo, estos últimos están haciéndose conocer y, para sorpresa de los ciudadanos, vierten ideas que se acercan mucho a la realidad política, social y económica. No faltan quienes les llaman los “pitufos”, tratando de restarles importancia. Hay mucho de error en eso, porque esos candidatos están cautivando a electores que no les habían prestado atención antes y que ahora los observan con mayor cuidado.
En la medida en que alcancen una votación sobresaliente, evidentemente les restarán votos a los favoritos. Es muy posible que, aunque no resulten elegidos, lleven a los escaños parlamentarios a algunos de sus representantes. Y entonces allí sí que se armará la jarana, porque integrarían un Parlamento en donde, por inercia, tendrán que realizarse pactos —mafiosos o no—, pero pactos que, al fin y al cabo, no son saludables para un gobierno estable. Duele reconocerlo, pero ese dolor lo siente la mayoría de la ciudadanía desde hace varias décadas, mientras espera solución a problemas vitales como la corrupción, el crimen organizado y la pobreza social, entre otros males. Ahora, a pocos días del 12 de abril, aunque no sea octubre, habrá que prenderle sus velitas al Señor de los Milagros para que la nueva democracia llegue a empoderarse en una nación hoy en desgracia.
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