Mario Fernández Guevara
Si el problema de las mentiras en los periódicos es que la gente se las cree, entonces con el periodista y escritor Ítalo Sifuentes Alemán (Lima, 1965) autor del libro “Historias Ocultas” -el más vendido en la categoría Historia en la última Feria del Bicentenario- todo aquél mentiroso acabará respetando al hombre que dice la verdad. Y con Ítalo ocurre esa figura. Un profesional que trabajó en “El Comercio durante 15 años y que, al cabo de 12 años de investigaciones dieron a luz esta hermosa criatura que ya tiene nombre y apellido para la posteridad en cualquier biblioteca que lo luzca porque ni siquiera el covid19 que lo atacó en marzo último, pudo frenar su meta de tal publicación. Con verdades históricas.
Si estamos en días festivos de Navidad y Año Nuevo, cabría preguntarse ¿qué hechos ocurrieron, por ejemplo, después de la Navidad durante los primeros años de la independencia nacional? ¿Qué otro suceso aconteció en la Navidad de principios del siglo XIX? Ítalo entendiendo que la mayor medida del éxito está en la continuidad del trabajo no se detuvo y ¡oh, maravilla! halló un documento con fecha 24 de diciembre de 1825, transcurridos cuatro años después que el General argentino José de San Martín proclamara nuestra Independencia en las plazas de Lima el 28/7/1821.
En ese documento, Ítalo leyó que el Consejo de Gobierno del Perú, presidido por el general José de La Mar, mediante Hipólito Unanue, Juan Salazar y José de Larrea y Loredo, antes del advenimiento de la fiesta pascual, habían dispuesto rendir un solemne homenaje a 24 mujeres en mérito a su valiosa participación en la conquista de nuestra independencia nacional. En párrafo especial se leía “para que no queden en olvido los apreciables servicios que ha consagrado a la causa de los libres esta porción distinguida de la sociedad, en la línea que le han permitido sus facultades y medios”.
Unanue, Salazar y De Larrea, tres ínclitos patriotas habían decidido con su puño y letra firmar el documento suscrito en Palacio de Gobierno y que se publicó después de las fiestas de fin de año, precisamente el 4 de enero de 1826. ¿Qué había sucedido entre las Navidades y Años Nuevos desde aquél 28 de julio de 1821 al 24 de diciembre de 1825? La respuesta es muy lógica: que esas 24 ilustres matronas reconocidas en esa Navidad habían traído al mundo a hombres y mujeres bajo el llanto de un mundo liberado del yugo español. Nunca más certeras, pues, las primeras letras de nuestro Himno Nacional: “Somos libres seámoslo siempre…”.
Entre quienes recibieron en esa Navidad la medalla Simón Bolívar, creada luego de la victoria de la Batalla de Ayacucho en 1824 no sin antes subrayar que se les condecía “para que influya (la medalla) con más eficacia en el orden doméstico, y virtudes sociales, que son la base de la felicidad pública” estuvieron la esposa de Unanue (Josefa Cuba), la de Salazar (Josefa Sáenz), la de Larrea (Juana R. Alcaraz). Igualmente Josefa Rocafuerte de La Mar, Francisca Rivera de Vidaurre, Carmen Larriva de López Aldana, Ramona García de Ortiz Cevallos, Mercedes Ortiz Cevallos de Egúsquiza, María Jesús Campo de Armero, Manuela Molina de Tristán, Baltasara Flores de Paredes, María Guisla, Josefa Carrillo Buendía, Grimanesa de la Puente, Mercedes Dueñas de Carrión, Fermina Quintana de la Rosa, Petronila Saavedra, Narcisa Saavedra, Josefa Muñoz, Rosa Blanco y Salazar, Ignacia Urrutia de Palacios, María Luisa Semper, Ignacia Cuéllar de Serra, Dolor Palomeque. Dignas mujeres.
Bueno, y ¿qué pasó el último día de 1821? Ítalo Sifuentes nos cuenta que investigó que, frente a la crisis económica ocasionada por la guerra de la independencia nacional, el 31 de diciembre de ese año el gobierno de José de San Martín emitió un decreto para prohibir que guardaran luto las personas que, con el difunto, no tuvieran una relación directa de sangre o afinidad, esto por considerar que vestir de negro generaba un gasto innecesario a los miembros lejanos de la familia. La drástica medida de austeridad solo excluía a los padres, abuelos, hijos, suegros, nueras, yernos, esposos y hermanos del difunto. Los demás parientes, por ejemplo, primos o nietos, solo tenían permitido vestir luto el día del entierro o en los funerales de su familiar.
Tal fue la medida gubernamental que rigió en el país a partir del 1 de enero de 1822. En obediencia a la norma, en las casas, donde generalmente se recibían los pésames, también se dejaron de colocar las cortinas negras y todo aparato lúgubre que durante el virreinato se utilizaba. La desobediencia se multaba con 50 pesos, dinero que debía pasar a los fondos con que se financiaban las casas de huérfanos ubicadas en Lima y en otras provincias. Emitido desde el Palacio Protectoral, el decreto fue para estimular el ahorro en un país que no tenía tiempo ni recursos para penas y fiestas.
Hoy, trascurridos dos siglos de aquél 1821 la obediencia de todos los peruanos, en el caso nuestro -porque la situación es mundial- en estos días de Navidad y Año Nuevo es acatar el toque de queda por la bendita pandemia del coronavirus que, al menos con Ítalo Sifuentes no pudo y, por eso hoy nos ilustra de un pasado que no te mata sino te fortalece.