Años atrás, en el antiguo municipio del Rímac, ocurrió un episodio muy curioso. Un joven carnicero, metido por voluntad propia en los vericuetos de la política, llegó a ser concejal con la camiseta del desaparecido partido odriista. Carecía, sin embargo, de mayor conocimiento del idioma, y una noche de asamblea alguien le dijo que era “hijo putativo” del exautócrata, es decir, tenido por hijo político suyo. Bastó la palabrita para que se lanzara contra quien la había pronunciado, convencido de que habían mancillado su honra. El escándalo salió en primera plana del vespertino Última Hora. Con el tiempo, el frustrado político abrió un restaurante en La Victoria, muy cerca de la tribuna sur del Estadio Nacional. Su plato bandera era una fritura de huevera que resultó muy apetecida, entre otros por el conocido periodista Miguel Humberto Aguirre, “Mihua”, quien se encargó de popularizarla.
Algo similar, aunque bastante más picante, ocurría en los días de la vieja Lima, cuando jaranistas como Alejandro Ayarza, más conocido como Karamanduka, animaban sus farras en lugares de mala fama. Recuérdense los versos de aquel memorable vals en que él y sus amigotes se proclamaban señores de la jarana, a los que seguían frases subidas de tono, propias de los lupanares. Así lo evocaba, en reuniones íntimas, el desaparecido escritor y periodista César Miró. Pero aquello quedaba entre cuatro paredes.
Hoy se sueltan con más desenfado palabritas y palabrotas groseras en extremo, como las que emplean los comediantes Ricardo Mendoza y Jorge Luna. Lo hacen por streaming, desde la pantalla del celular, y cautivan a miles de personas, con resultados lucrativos para ellos. No reparan en que el lenguaje soez, practicado en forma reiterada y masiva, solo sirve para embrutecer a quienes no tienen mayor aprecio por la decencia y el respeto propio.
El cuento viene a propósito de un reconocido periodista, cuyo prestigio en investigación y opinión sobre asuntos de interés público es merecido. Su vocación ha permitido destapar episodios ingratos y repudiables, protagonizados por personas con rostro de decencia y alma de la peor perversidad. Lamentablemente, este periodista viene incurriendo en un lenguaje donde abunda el ajo y la cebolla, sin considerar que entre su público hay jóvenes y viejos. Unos y otros aplauden su coraje para decir verdades, pero lamentan que, pese a su ilustrada formación, recurra a la procacidad, que le resta mérito a su noble oficio. No parece advertir que la violencia verbal, acompañada de frases propias de la más baja estofa, empaña su labor diaria. La grosería y el lenguaje lumpenesco no ayudan a formar una ciudadanía que se respete y haga respetar la dignidad de las personas.
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