La Mancheta: ¿O estás conmigo, o contra mí?

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Se cuenta en los viejos libros de historia que Francisco de Carvajal, personaje de los tiempos de la Conquista española acostumbrado a que sus órdenes se cumplieran sin dudas ni murmuraciones, sufrió un percance inesperado en la batalla de Jaquijahuana, cuando sus soldados comenzaron a desertar. El hombre fuerte de Gonzalo Pizarro, conocido como el “Demonio de los Andes”, expresó su lamento con una memorable frase: “Estos mis cabellicos, madre, dos a dos me los lleva el aire”.

Hechos de esta naturaleza se han sucedido en diferentes épocas. Así ocurrió en los enfrentamientos entre los hermanos Huáscar y Atahualpa, ambos hijos de Huayna Cápac y considerados sucesores del mandamás del Imperio incaico. Huáscar perdió la contienda y fue desaparecido con la siniestra orden de lanzarlo a uno de los caudalosos ríos andinos. Nunca más se supo de él, y sus seguidores sobrevivientes, entre dudas y temores, se alejaron de las controversias gubernamentales de la época tahuantinsuyana. Pero cuando los conquistadores Pizarro y Almagro y sus tropas, montados en briosos caballos, comenzaron a diezmar a los defensores de las tierras nativas, no trepidaron en acercarse y alinearse con el rival, que, armado de trabucos y pólvora, causó desconcierto entre los incaicos, quienes no tenían más recursos que sus hondas, flechas y lanzas.

Durante la República, culminado el proceso emancipador, la disputa por el poder político ocasionó graves daños al desarrollo de la nación. Los rivales se consideraban a sí mismos “salvadores de la patria”, pero la verdad es que no lograron nada de eso: simplemente se dejaron ilusionar por las ventajas de manejar a su libre albedrío los recursos del tesoro fiscal. Unos más que otros, y quizás con alguna excepción no muy visible o recordable.

Esta tradición se repitió también en los enfrentamientos entre Nicolás de Piérola y Andrés Avelino Cáceres, y entre José Pardo y Augusto B. Leguía, además de otros tantos que se han sucedido a lo largo del tiempo hasta estos días. La amenaza no es nueva: se ha repetido muchas veces, pero sigue en pie. Hace pocas semanas, uno de los personajes de la política actual trajo de nuevo al recuerdo estas narrativas al lanzar la frase: “O estás conmigo, o estás contra mí”. Claro, suponemos que fue un momento de bronca porque no se acataban sus órdenes, o porque estas se cumplían de forma equivocada o eran mal interpretadas. Es que resulta muy complejo que las cosas se hagan como quiere quien, con voz de trueno, empuña la espada de mando del momento, olvidando que errar es humano y que, con un poquito de calma y de equilibrio mental, se puede mantener la fuerza de la palabra y el cumplimiento de lo dispuesto.

Esto viene a colación tras los rumores de un cambio en el gabinete ministerial y la repetición de los lamentables episodios de los primeros tránsfugas, esos que creen que cambiar de camiseta es muy fácil. En ningún caso queda mal parada la democracia, toda vez que esta es también sinónimo de diálogo, discrepancia y hasta de intercambio de palabras altisonantes. No se debe olvidar aquella máxima de que después de la tormenta viene la calma.

Ajos y cebollas…periodismo y política