Mientras los candidatos a los gobiernos municipales de todo el país gastan tiempo, dinero y saliva en convencer al electorado con sus múltiples promesas, y los postulantes a las presidencias de los gobiernos regionales multiplican ofertas que, en algunos casos, pecan de estrambóticas, la población peruana sigue sufriendo las consecuencias de un sinnúmero de bandas criminales que, al ver frustradas sus exigencias extorsivas, recurren a la matanza de ciudadanos inocentes que se oponen a sus malvadas pretensiones.
Se aproxima la posibilidad de que se censure al ministro del Interior, general César Astudillo, por exigencia de la mayoría parlamentaria del Congreso de la República. Se le señala como responsable político ante la gravedad del problema, pero no piensa así Luis Galarreta Velarde, vicepresidente de la República y jefe del Gabinete Ministerial, quien alega con ingenuidad que el titular de la cartera del Interior «está trabajando mucho y lo está haciendo bien». Es un criterio que, por supuesto, puede ser acertado desde la visión del oficialismo, pero que no coincide con el sentimiento ciudadano.
La muerte de una periodista en Áncash y los asesinatos de un adolescente en San Juan de Miraflores y de otra persona en Villa María del Triunfo, sin contar los hechos que ocurren más allá de la capital de la República, permiten afirmar que, tras más de 60 días, la matanza sigue perpetrándose y no hay quien la detenga. En ese lapso no se les han dado a los custodios del orden los elementos más adecuados, sobre todo de orden científico y tecnológico, para combatir a los delincuentes. Eso es imperdonable, porque el derecho a la vida debería ser la primera preocupación de quienes han asumido las riendas del gobierno. Derramar lágrimas de cocodrilo a estas alturas desde el sillón presidencial porque no hay recursos en el tesoro fiscal no justifica la ausencia de políticas más certeras para garantizar la seguridad ciudadana.
Ojalá que, a la hora de la verdad, prime en la Cámara de Diputados un criterio firme y ecuánime, y que no se malgaste la representación en discursos demagógicos. El país reclama una buena gobernanza, y esta podría conseguirse si se alcanzara un punto de equilibrio entre lo que se cuestiona y lo que se debería hacer.
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