Keiko Fujimori, a quien el populorum conoce con el apelativo de la China —pese a que ella tiene ascendencia japonesa al 100 %—, es un caso muy singular en la historia electoral de la Presidencia de la República. Ya van tres veces que ha sido aplastada por la derrota. Primero no pudo vencer a Ollanta Humala; luego, con ayuda de calificados grupos de poder económico, tampoco logró vencer a PPK. Y, si esto fuera poco, olió el polvo de la derrota ante un inesperado Pedro Castillo. Este último, un modesto profesor de primaria, poco experimentado en la dirigencia sindical y menos en el calembour político, venido de un lejano pueblo de Chota, Cajamarca. Más allá de sus relaciones con un frustrado Vladimir Cerrón, este hombre, cuya imagen es más recordada por el sombrerazo que lucía que por otras cosas, la humilló al punto que, luego de presentarse en los balcones de un hotel de lujo de la avenida Salaverry, postrada al conocer las cifras oficiales que según los electores le daban la espalda, ella derramó un mar de lágrimas, pataleó hasta el cansancio y, como en otras oportunidades, gritó a grandes voces: «¡Fraude!, ¡fraude!, ¡fraude!».
Pero ¿por qué pierde en cada oportunidad? Al parecer, ahora sucederá lo mismo. La China no toma en cuenta que ella es la legítima heredera de quien ofreció educación, tecnología y trabajo y, a la hora de la verdad, hizo todo lo contrario. El costo de vida subió a cifras inalcanzables. Miles y miles se quedaron sin trabajo. No era raro ver a profesionales con título universitario «taxeando» y a otros tantos invadiendo pistas y veredas como vendedores ambulantes. La delincuencia y el crimen organizado, como el narcotráfico, se apoderaron del país. El terrorismo avanzaba y, de no haber sido por Ketín Vidal, Benedicto Jiménez y ese grupo de inteligentes y valientes policías, no habría caído el tenebroso Abimael Guzmán y su gavilla. El Chino, quien disfrutaba de los placeres de una pesca en un río amazónico todo pagado por el Estado, no tardó en adjudicarse el triunfo con una «conciencia» que, como en otras oportunidades, lo autodeclaró como el héroe de la película. Mientras tanto, Vladimiro Montesinos, su brazo derecho, sonreía con la misma frescura y cinismo para llenar maletas cargadas de dólares de dudosa procedencia. ¿Dónde estaba la China? Si no nos equivocamos, «estudiando» en Boston, Estados Unidos, con fondos que, según aseguraba el siniestro Vladimiro, eran costeados con su plata. La China, posteriormente y sin pestañar —olvidando que estaba desalojando a su señora madre—, lució el cargo de primera dama de la Nación y, un poco después, el de congresista de la República. No existen mayores recuerdos de su obra como legisladora. Luego vino lo que tuvo que venir. Se peleó con su hermano Kenji, trató de tomar distancia de su padre y, luego de un tiempo, convencida de que le convenía utilizar el apellido presidencial, se convirtió en candidata con los resultados ya señalados. Sus enredos y desenredos la han hecho cambiar de línea en este difícil mundo del electorado. Ha dejado en el banquillo a sus primeros acompañantes y, en el afán de mejorar su imagen, poco a poco ha ido reclutando a otros personajes. El más conocido, posiblemente, sea el de «Cara de Piña» Rospigliosi. Pero no es suficiente. Sus ofertas ahora son diferentes. Dice que quiere luchar contra la corrupción, tomar distancia de los poderosos de otrora y, claro, darles dignidad a los más pobres. Pero este es el discurso de todos los candidatos, de tal manera que es difícil creerle a quien ya, en repetidas veces, ha demostrado que es una artista del engaño.
