Con conocimiento de causa, el cardenal primado del Perú y arzobispo de Lima ha dicho con acierto que el Perú es un país maltratado. Desde el púlpito de la catedral, el respetado sacerdote —quien antes de alcanzar tan alta investidura fue párroco de la iglesia de San Lázaro, en el modesto distrito del Rímac— ha sido enfático al buscar despertar la conciencia ciudadana sobre una realidad incuestionable.
El país tiene más de dos centurias desde la declaración de su independencia política; sin embargo, aún no puede caminar por sus propios medios para disfrutar de una auténtica democracia. Los bienes sociales fundamentales como el pan de cada día, la educación, la salud y el trabajo están ausentes para la mayoría de la población.
A ese maltrato se refiere el arzobispo de Lima, haciéndonos recordar que son millones los compatriotas que sobreviven en medio de la peor pobreza. A diferencia de lo que ocurre en naciones vecinas, el cuidado y la atención de la salud se caracterizan por su precariedad, la educación en las instituciones fiscales deja mucho que desear y el trabajo en el país no reúne las condiciones para dignificar a la persona humana.
Este llamado de atención debería ser escuchado por todos los sectores de la ciudadanía, dejando de lado odios, revanchas y otros apetitos malsanos que solo sirven para que la población siga sufriendo los azotes de un maltrato inmisericorde.
Hay un nuevo gobierno en el Ejecutivo, y en el Legislativo se ha dado comienzo a una experiencia inusitada donde la oposición tiene el mando de la Cámara de Diputados y el oficialismo el del Senado. Sería deseable que ambos poderes del Estado meditaran sobre el rol que les corresponde, reflexionaran sobre lo que esperan sus electores y, sin dejar de lado la visión que tengan del Perú, se pongan al servicio de una nación en permanente maltrato político, económico y social.
El veterano Ricardo Belmont ha dicho que la alianza de la que forma parte su partido coincide en que no son oposición, sino solución. A tono con lo citado por monseñor Carlos Castillo, vale recordar un dicho bajopontino aplicable a esta coyuntura: que Dios escuche tanto a oficialismo como a oposición, y que el Diablo se haga el sordo.
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