Nació para hacer daño. Desde pequeño tenía esa vocación, cualquiera que fuera el rival que se le enfrentara. Alguna vez estuvo en Lima para hacer lo que ya sabía: hacer daño.
Estamos hablando de Lionel Messi, por supuesto. Cuando decimos que nació para hacer daño, hacemos referencia a la tremenda habilidad que tiene no solo para el regate, sino para habilitar con pases magistrales a sus compañeros, buscar espacios propios y anotar los goles que hacen llorar al rival.
Hasta este martes, aquí en Sudamérica se escuchaban voces de desaliento. Brasil, Paraguay, Ecuador y Uruguay no pasaban del empate en la mayoría de los casos o de una derrota vergonzante. Hasta que apareció Argentina, con Lionel Messi en la capitanía; justificando ese mando, hizo daño con tres tremendos goles sin respetar en lo más mínimo a quien estaba en el arco: nada menos que el hijo del recordado Zinedine Zidane, aquel legendario jugador francés de origen argelino.
El caso de Lionel Messi habría que tomarlo como ejemplo, porque este futbolista no obra por casualidad. Se prepara, se cuida, perfecciona su técnica y ha tomado distancia total, a lo largo de su vida, de todo aquello que perjudica la salud física y mental de quien se dedica al deporte.
Este ejemplo debería servir para que otros con las mismas cualidades sigan sus pasos. Aquí en el Perú hay apellidos memorables que han podido llegar muy lejos, pero, censurablemente, no llegaron a entender que el fútbol es también una estricta disciplina.
Foto Facebook Selección argentina
