Una cosa es con guitarra y otra con cajón

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Octubre, mes de los milagros, todavía no nos dice quién será el próximo alcalde del apetecible sillón de la ciudad de la capital de la República. Todavía los vecinos están cavilando y aunque algunas empresas dedicadas a realizar escrutinios tantean sobre la posibilidad de tal o cual, lo cierto es que las mismas carecen de mayor credibilidad. Los últimos comicios presidenciales demuestran esto. La actual ocupante del Palacio de Gobierno se llevó en junio pasado la victoria por un ajustado margen que la tuvo varias semanas en sobresaltos. Pocos esperaban que Roberto Sánchez, quien en las primeras encuestas estaba a la cola de las preferencias ciudadanas, culminara en el segundo lugar en el discutido proceso. En términos hípicos perdió por una cabeza.

El panorama sigue en salmuera. La historia electoral desde los años sesenta confirma que quien gana la alcaldía provincial de Lima goza del don del arrastre, remolcando hacia las alcaldías distritales a postulantes con los que nadie contaba. Es muy probable que este libreto se repita en octubre. Sin embargo, la contienda actual trae su propio condimento: hay padres cariñosos que quieren que sus hijos sean sus sucesores, hay otros amorosos esposos que desean que sus cónyuges sean sus heredadas, hay hermanos extremadamente fraternos que ambicionan que alguno de su cofradía llegue al sillón municipal. ¿Será esto puro sentimentalismo o hay algo más apetecible que la voluntad de servir dignamente a la ciudad? Es que una cosa es tocar con guitarra y otra con cajón. Si estos candidatos o candidatas no tienen talento para administrar los problemas municipales, así como los tesoros edilicios, la verdad es que la van a ver color de hormiga.

La extorsión y el crimen hacen de las suyas