Carta a los amigos

 

Luego de que Diana Avila se quedara dormida, más de setecientos de ustedes han dejado mensajes de condolencia en mi Facebook y otros tantos lo han hecho por e-mail y por teléfono. No puedo contestarles, uno por uno, a todos. Por eso, esta carta es para decirles a ustedes que son maravillosos y para contarles una historia:

Desde el comienzo, ambos sabíamos cuál iba a ser el desenlace. Apenas comenzamos a caminar juntos, Diana me reveló el inflexible estado de su enfermedad: el cáncer había llegado a la metástasis… pero no existía pronóstico alguno sobre el tiempo que le quedaba.

Entonces, yo le pedí que no se muriera hasta que, por lo menos, hubiéramos cumplido algunas tareas juntos. Alguna de las cosas que ella y yo, y acaso usted que me lee, ha pensado hacer alguna vez antes de irse …

Juntos, hicimos la lista. Decidimos viajar a Oviedo, en España, y emprender desde allí el trecho costero del camino de Santiago. En el Perú, de regreso, teníamos que llegar a la punta del muelle de Pimentel, en el norte del país.

Observaríamos luego en Huanchaco el más lento crepúsculo del mundo. Nos tomaríamos fotos en el mirador de Yanahuara, en Arequipa, y, después, volaríamos a Guatemala para vivir unas semanas en Antigua, la ciudad de los volcanes Agua, Acatenango y Fuego.

Todo eso lo cumplimos, o casi, y no le dimos tiempo a la muerte que venía detrás de nosotros y que seguramente, estaba muy cansada. Además, en todo el periplo que duró casi un año, la enfermedad se mantuvo también a prudente distancia. No la sintió Diana. Ni ella ni yo volteamos a mirar a la enfermedad ni a la muerte.

Y durante todo ese tiempo, nos conocimos. Cada día estuvo lleno de sorpresas y descubrimientos. Coincidíamos en todo. Como ya lo he dicho antes, nos acercó la compartida confianza en la bondad de la raza humana y una fe admirable en el socialismo como camino de amor y de heroicidad que hace noble y decente la vida de los hombres.

Fuimos tan felices que, incluso, en Arequipa, soportamos con heroísmo una copa entera de anís de Najar.

Durante ese tiempo, salió publicada mi novela “El camino de Santiago”, y se la dediqué a Diana. Las frases que aparecen en el libro son:

“Cuando faltan la justicia y el amor, el mundo está incompleto”, me dijo Diana Ávila en el camino de Compostela. Y yo le dedico este libro porque el mundo estaría incompleto si ella faltara.
No pudimos lograr que se quedara más tiempo, pero todo el tiempo que le robamos al destino, ella fue muy feliz… como lo es ahora mientras lee los mensajes de ustedes.

¡Gracias, amigos!