De este y otros mundos

 

Cuentan los cuentacuentos, que el gran escritor de ciencia ficción H.P. Lovecraft, al ser preguntado sobre “la cara oculta de La Luna”, respondió: “La conozco perfectamente. He estado ahí un par de veces, acompañado de Edgar Allan Poe”,- con lo cual, dejó boquiabiertos a mis colegas preguntones.

Yo -modestamente- podría decir lo mismo de París, pues conozco desde “La Torre Eiffel”, el barrio de Saint Germain des Pres y casi todos los hoteluchos de media mampara, además de la pintoresca pensión de “Madame Arabelle”, gracias a las coloridas confidencias de mi hermano ausente, el “genial” Felipe Buendía, quien –soñando la esquiva fama literaria- vivió una larga temporada en la “Ciudad Luz”, pasando hambre y frío, hasta que su indesmayable, amorosa, señora madre y un milagro del “Padre Guatemala”, le enviaron el salvador pasaje de vuelta, a las maravillosas noches de la “Anea” del jirón Moquegua, a los últimos tragos que bebió en el famoso Bar Zela y en ese nido de historias servulianas y tealdianas, que se llamó el “Negro Negro”, donde -parafraseando un tango- “yo aprendí filosofía, dados, timba y cierta agonía cruel, en una mezcla milagrosa de sabihondos y suicidas”.

– Donde una noche, el maestro Tealdo -que amaba el box y conocía mis andanzas deportivas- le preguntó a Sérvulo, famoso pintor y excampeón peso ligero, si podía “darse un par de vueltas con este pugilista”, que era yo. -Y entonces, ese gran campeón de la vida y la amistad, se acercó a mí y acariciándome la testa soñadora, me dijo: ”Yo no podría jamás pelear contigo”. -¿Y por qué, maestro? -le pregunté intrigado- “Porque tienes muy buen corazón…y porque un día serás famoso” -me remató como en rotundo “hook” al hígado.- “Gracias, maestro”, -le dije y ahí nomás, Don Alfonso, tomó mi puesto y ambos “genios”, iniciaron “un round sin guantes, de golpes limpios y deportivos”, que remató en fraterno abrazo y un señorial brindis de “capitanes… más bien, mayores”, como solía decir ese inolvidable señor del periodismo y la bohemia que era Don Alfonso.

– Yo sobrepasaba apenas la veintena y como digo, escuchaba con toda el alma, las historias francesas de mi hermano Felipe, que me iba guiando en imaginario viaje, por Las Tullerías y los memorables cafés parisinos, en los cuales, al atardecer, podía verse de cerca, -como quien se asoma al Olimpo- a Julio Cortázar, al maestro Sartre, a Camus y -cómo no- a Georges Simenon, a quien años más tarde, el propio García Márquez, habría de reconocer como “el incomparable amo de la novela policial”.- Felipe me contaba que el –este si genial- Simenon, tenía fama de escribir una de sus magistrales novelas por semana, y, como cierto periodista, pusiera en duda tal casi increíble afirmación, el monstruo Simenon, se encerró en una vitrina de librería, y mostró ante el París de los asombros, que era capaz de escribir, no una por semana… sino UNA DIARIA, sin más auxilio que su prodigiosa mente, una taza de café y un eventual sandwich para matar el hambre, frente a una Underwood de las antiguas.

Estas historias que yo escuchaba con deleite, alimentaron mi vocación por las Letras, la misma que tempranamente me llevara a escribir breves cuentos y, desde luego a vivir la pasión de mi vida
que no es otra, que el periodismo.

Gracias a Felipe, conocí París, aprendí a soñar la fama y entendí algo que este inolvidable -e incomprendido- poeta, escritor, pintor y quién sabe cuántas cosas más, me dijo, la noche que le dijo “adiós” al trago, poco antes de marcharse de este mundo: ”La tierra prometida, está a tus pies. A tí te toca conquistarla”.

-Y en ese pleito estoy. Voy como por el octavo “asalto”, que es el que define la pelea, conforme aprendí de ese otro gran maestro olvidado que para mí, fue Angel Bernaola, “El Chico de La Victoria”.

No sé si al campanazo final, el árbitro de la vida, me levante la mano vencedora. Pero les puedo asegurar que terminaré de pie y peleando, porque para eso, he nacido. Este round va por ustedes.