El caserón fantasma

 

Estaba y sigue estando como quien hace esquina entre Mapiri (Hoy: Aljovín) y la ex bullanguera Sandia, donde cada miércoles de ceniza, leíamos “El Testamento de Ño Carnavalón”, los palomillas de un lejano entonces. Ocupa algo así como media manzana e ignoro porqué sus propietarios-herederos de un rumboso ayer- no le han hecho pasar las horcas de un remate “como terreno”, lanzando a los vientos del olvido los cascabeles de su apogeo.

Siempre fue propiedad de la familia Chichizola, de la cual desciende mi querido amigo de siempre, el exjuez José Santos Chichizola, único niño con bicicleta, en aquel barrio de gorreros de tranvía.
En el ya gris archivo de mi memoria, figura una tardecita de aquellas, cuando un trío de “mataperros”, pretendió arrebatarle tan llamativo juguete y yo, que ya por esos tiempos, disfrutaba el “trompis”, como deporte callejero, me interpuse a la tropelía, ahuyentando a los malandrines al socorrido oficio del combo y patada.

“Petito” –de alma noble- jamás olvidó el episodio y suele recordarlo cada vez que la vida nos hace coincidir en sus recovecos de capricho. Somos “hermanos de barrio” y lo seremos para siempre.

Acabo de saber, por apunte cuasi chismoso de Josefina, una hija de mi inolvidable “Tía Elvira”, que sobrevive en la “Quinta San Francisco Solano”, de la misma “Cuadra Tres”, que “Pepito”, ha heredado y como buen hombre de Derecho, ha recabado –documentos inclusos- su parte de la herencia que incluye
el predio donde su respetable señor padre, ejerció por largo tiempo una venerable abogacía.

Pero el soberbio caserón –que sospecho habitado por fantasmas de los Canales y uno que oro Chichizola- sigue estoico ahí mismo, soportando el castigo de los años y una que otra invasión de venecos y otras plagas. Sus colores son un grisáceo antiguo que alguna vez fue celeste y un fúnebre marrón de algunos zócalos matizado por los agravios del polvo y de los años. Pero luce, desde luego, su condición inhabitada que nadie sabe explicarse y quizás, ”Pepito” me haga la caridad de revelarme una tarde de estas.

Porque en razón de una visita al Policlínico Grau”, que hoy ocupa el plano de la que fuera “Casa de Amores de la vieja “Nené”, hube de pasar otra vez. desoyendo los latidos de mi bravo corazón, por lo que va quedando del barrio que acogiera mi adolescencia.

Y resulté encontrándome con la morocha Josefina con quien desenhebramos recuerdos del guitarrista Pablo Fonseca, tío y maestro del concertista Eduardo Pimentel, el talentoso “Tronquito” con quien formamos el conjunto “Nahue”, que alborotó las jaranas de aquellos años maravillosos.

Evocamos también a los hermanos Polleri, que hacían un tremendo dúo de guitarras que los convertían en el alma de fiestas y maestros de otros guitarreros que pasaron al olvido.

En suma, hicimos un inventario de muertos, sin olvidar a “Los Muchachos de la Esquina”- en especial mi llorado compadre Mario Chiappe Costa, un psiquiatra de corazón enorme, cuya placa memoriosa, firmada por el Dr. Carlos Alberto Seguín, hace referencia a algunos de sus tantísimos valores humanos.

Una tarde –que no quisiera recordar- mi querido doble compadre- me telefoneó, para darme una noticia increíble: “Compadre, en una pastelería de la avenida Arica… ¡Hay “voladores”…! – Se trataba de unas viejas golosinas de barrio. Las vendían en un local de chinos, en la esquina de Tipuani y San Carlos,
donde ya nadie me conoce. Bueno pues, no quise estropear la dicha del hallazgo y acompañé a mi querido hermano a saborear las delicias del recuerdo.

Eran unos pasteles coronados de miel, que a mí jamás me habían gustado mucho, pero, sé respetar las añoranzas y comí uno o dos de aquellos dulcetes enriquecidos por los diablillos de la memoria. Mi compadre, se otorgó un pequeño gran festín y me urgió a rememorar otros detalles del barrio.

Luego, nos despedimos, sin imaginar que era la última vez que nos uníamos en fraterno abrazo.

Semanas, más tarde, mi hija Miryam, (Hoy, “Agatha Lys”), me llamó para decirme que “El Dr.” (su jefe en el Internado del Hospital “Almenara”), no iba a su oficina de Director del nosocomio y “se sabía que estaba enfermo”. Los jóvenes estudiantes, sospechaban “un resfrío”.

Lo llamé inmediatamente a su casa. Conseguí hablar con él, regañándole en broma su inasistencia al trabajo. Y entonces, él, con esa serenidad propia del valor que siempre tuvo, me dijo la verdad. Le habían descubierto un tumor en el páncreas. Y el pronóstico, era terrible. Me añadió que en Venezuela -de esos tiempos- habían descubierto un tratamiento que él ensayaría… y no pude escuchar más…. Me eché a llorar inconsolable. La desgracia esa, se lo llevó en dos meses. Y cuando fui al velorio, los hermanos, formaron una barrera entre el féretro y yo… mientras Nelly, su hermana, me decía entre sollozos: “no César. No lo veas. Él no lo hubiera querido…”- Y ya no quiero recordar más.

Volviendo al barrio. La morocha Josefina, me recordó que mucha gente “de antes, recordaba mis “hazañas” de casi brujo y mis travesuras “espiritistas”, que me valieron el mote de “Niño Dios”, por largo tiempo. También me evocan como buen cantor de valses y boleros… y nunca olvidan mis citas furtivas, con la que fue mi gran amor de los quince años y la despiadada persecución de la que no quiso ser mi suegra.

Yo rompí la nostalgia de aquellas evocaciones, recordando a mi vez, un episodio en medio del cual, me quedé embobado por las chelas y los rescoldos del viejo idilio -paradote ahí en la esquina, como un bobo- y cuando cierta doña, me preguntó qué miraba a lo lejos, se me ocurrió responderle ”espero a mi enamorada, la más linda del barrio. Ella aparece por ahí, viniendo de Tipuani todas las tardes…”- Y la implacable señorona, me mató el sueño apuntalando: “Claro que sí. Ahorita aparece trayendo a sus dos nietitos de la mano”.

– Y me rompió el encanto. De eso y otras notas, me acordaba, hace tres días, mientras como en un adiós a mi ayer, lancé una mirada rencorosa al caserón fantasma testigo del tiempo. y… sé que no me van a creer. Desde la semi- sombra de una de esas destartaladas ventanas, ella… o su proyección astral, se dibujó para enviarme un beso volado que traspasó mi corazón de viejo palomilla. Perdón por la ternura.