El espejo

 

¿Cuántas veces al día nos miramos al espejo? Creo que muchas. Al hacerlo, sentimos desde la inconformidad hasta la aprobación, desde la inseguridad hasta el placer. De pronto, nos damos cuenta de un detalle, que indudablemente no ha pasado de un momento a otro: una arruga nueva, menos ojeras por haber empezado a dormir mejor, un barrito indiscreto… y tanto más.

Querámoslo o no, el espejo nos refleja físicamente y reafirma nuestra identidad. En su ensayo Tiempo mexicano, Carlos Fuentes reflexiona sobre este tema: “En la Ciudad de México, a los guerrilleros de Zapata no les llamaron la atención las lujosas residencias; en cambio, les fascinaron los grandes espejos. Por primera vez en sus vidas, veían sus propias caras. Quizás, sólo por esto, la revolución había valido la pena: les había ofrecido un rostro, una identidad. Mira: soy yo. Mírate, eres tú. Mira, somos nosotros”.

Las sociedades también necesitan espejos para verse con mayor detalle: sus aspectos positivos y negativos, sus conflictos, su historia, sus esperanzas, son mostrados a través de estudios sociales y económicos. Pero nadie lo evidencia mejor que el Arte, con su función crítica y cuestionadora.

Por su carácter icónico y audiovisual, el Cine es, tal vez, el Arte que más se acerca a ser nuestro espejo personal y social. ¿No nos llevó Fellini por Roma en La dolce vita?, ¿no conocimos Nueva York y París de la mano de Woody Allen?, ¿acaso no estuvimos en la biblioteca de Alejandría del siglo IV gracias a Ágora y no recorrimos el Buenos Aires actual con Nueve reinas?

En el caso peruano, también hemos reconocido las ciudades y pueblos que habitamos, así como hemos viajado por algunos otros, donde compartimos los espacios, las costumbres y las vivencias de muchos hermanos. Costa, sierra y selva; ciudades y áreas urbanas; presente, pasado y futuro; ficción, documental y animación; cortos y largometrajes.

Las propuestas son variadas, pero la función es común, ya que el Cine es la memoria y el espejo de una sociedad.
Podría citar muchos ejemplos, pero me limito a compartir una vivencia personal. Hace tres meses estuve en España para presentar mi largometraje La Amante del Libertador. Los asistentes a las diversas funciones, en su mayoría peruanos, hicieron comentarios sobre el tiempo histórico, el elenco y las locaciones utilizadas, como una forma de sentirse reflejados en la película. Había suspiros mientras identificaban las iglesias y casonas coloniales, sonrisas cuando la protagonista se sumerge en las catacumbas de San Francisco, tal como muchos de ellos lo habrán hecho; también nostalgia al contemplar el Real Felipe.

Pero hubo un comentario que resume todo: una señora, que no ha vuelto al Perú en más de veinte años, dijo: “Gracias por traernos las cuculíes”. Ella había reconocido el sonido de estas palomas, típicas de Lima. Fue un canto con el que se identificó y que, como un espejo, la trasladó a su ciudad de origen.

Valoremos a quienes nos hacen ver nuestra realidad, por dura que sea. Cuidemos nuestros espejos, que muchas veces no solo nos reflejan físicamente sino que también muestran nuestra alma. Mirarnos, sin concesiones, es el primer paso para mejorar en forma personal y como sociedad.