El hombre más fuerte del mundo

 

Cada vez que se acercaba la Navidad, solía ponerme triste. Es decir, antes. A pesar de mi naturaleza, por lo general, alegre, ciertos recuerdos vinculados a estas fiestas del amor y la unidad familiar, solían golpearme el corazón. Es decir, antes. Salvada esta licencia, voy a contarles mi historia al lado de Joe Carson, a quien toda una rumbosa maquinaria publicitaria, calificaba como “El Hombre Más Fuerte del Mundo”.

El forzudo Joe, se presentaba en la Plaza de Acho, rompía guías telefónicas (ablandadas por la mitad con ácido muriático) y un domingo triunfal mató un becerro de una falsa trompada en el testuz. Claro que el golpe, iba reforzado por una puntilla, de esas que suelen usarse para “epatarrar”, reses bravas, pero la fiesta es la fiesta y todo el Perú aclamaba al “Hombre Más Fuerte del Mundo”.

No era de muy elevada estatura, pero tenía una complexión por demás robusta y era, en verdad muy fuerte, aunque aquello del “Más Fuerte del Mundo”, seguramente, le venía ancho, aunque era su manera de ganarse la vida y, tal cuento, fui comisionado para entrevistarlo y escribir  sobre tal personaje, una “serie” (género que los colegas de hoy, no practican a pesar de su exitosa condición demostrada), que mi inolvidable “Última Hora”, tituló: “Una semana, al lado del Hombre Más Fuerte del Mundo”.

Y resultó pues que el buen Joe, natural de Arizona, profesaba la fe presbiteriana, era muy buena gente, y además, tenía un corazón “de chocolate”. Mi trabajo, consistía en desayunar con él, -pagando yo mi cuenta, porsiaca- y a eso del atardecer, enrumbar a la redacción, para hacer una suerte de reporte de toda la actividad diaria del “super forzudo”, hasta las 6 p.m. de cada día de aquellos.

Fue por entonces, que llegó a “U-H”, una carta escrita por la madre de una niñita de seis años, maltratada por una maldita afección cancerosa, que no le daba, más allá de fines de diciembre, para abandonar el mundo. En principio, intenté traducir la misiva para ese extraño personaje con el cual, compartía mis horas, pero, finalmente, fue el “Maitre” del hotel donde se hospedaba, quien la pasó al inglés perfecto que suele manejar la gente de su oficio.

Sentenciada a morir, Teresita -que así se llamaba la niña- había formulado como último gran deseo, “antes de irse al cielo con su abuelita”, tomarse una foto con este titán falsificado, sobre el cual, se escuchaba maravillas, por radioemisoras y “radiobemba”, durante casi todo el día en esta Lima novelera, aún no visitada por la televisión.

Y no hubo más, Joe se empeñó en ir a visitar a su pequeña “fan” en el término de la distancia. Y además, no iría solo, le compro una hermosa -y carísima- muñeca italiana que le llevaría de regalo. Yo, por mi parte, me agencié unos caramelitos -pues la niña, tenía prohibido el chocolate-. Así aviados, tomamos un taxi y nos dirigimos a esa casa del dolor, que por gracia del cielo, debiera estar por siempre negada a estos inocentes angelitos.

Una vez en la recepción, empecé a lidiar con la encargada, que me increpaba estar fuera de hora para visitas, y que patatí y que patatá, cuando en eso, una especie de aullido sofocado, rompió la tensión del momento. Era la madre de la niñita que nos convocaba… Teresita, había muerto, apenas unos minutos antes de cumplir su sueño.

Quizás no sea oportuno contarlo, ahora que el tiempo ha pasado, pero la muñeca regalona quedó sobre un sillón, esperando nueva dueña, y los caramelos dulces, se me cayeron de entre manos.

Y allí fue a parar este joven reportero. Abruptamente, llorando a dúo con “El Hombre Más Fuerte del Mundo”, que sollozaba como un chiquillo, y a pausas entrecortadas por el dolor, rezando en inglés, preguntas a Dios, que nunca he podido comprender. Y quizás… no tienen respuesta, y… no la tendrán nunca.