Herodes y la obsesión perversa por el poder

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La Matanza de los Inocentes es uno de los más espantosos crímenes en la humanidad,  perpetrada por el rey Herodes llamado El Grande quien, obsesionado por el poder y su servilismo al imperio romano,  no vaciló en ordenar en la degollación  de los menores de 2 años, temeroso de la llegada del esperado Mesías.

Fue el más espeluznante de sus crímenes perpetrado contra los hijos de su pueblo justificándose en lo que después tiranos de todos los pelajes calificaría en “razones de estado” para mantener un supuesto orden social y encubrir sus verdaderas intenciones de permanencia en el poder.

Su temor irracional  de la llegada de pretendientes a su trono, perpetra  la «degollación de los inocentes» que narra el Evangelio según san Mateo, para conjurar la profecía a los tres días del nacimiento de Jesús, luego de enterarse de lo sucedido por los Tres Reyes Magos.

Previamente había saludado a los Reyes Magos a quienes pidió que se le informara sobre el nacimiento de El Mesías para ir a adorarlo pero ellos no cayeron en el engaño y regresaron a sus países por otros camino más largos pero seguros.

Su perversidad  destila en su turbulenta existencia entre intrigas y matanzas, que el escritor florentino, Giovanni Papini, describe en su Historia de Cristo:

“Herodes era un monstruo, uno de los más pérfidos monstruos de los tórridos desiertos de Oriente, que ya habían engendrado más de uno, horribles a la vista. No era hebreo, no era griego, no era romano. Era idumeo: un bárbaro que se arrastraba ante Roma y halagaba a los griegos para asegurarse mejor el dominio sobre los hebreos. Hijo de un traidor había usurpado el reino a sus señores, a los últimos desgraciados Asmoneos.

Para legitimar su traición se casó con una sobrina suya, Mariamna , a la que después por injustas acusaciones mató. No era su primer delito. Antes había mandado ahogar a traición a su cuñado Aristóbulo, había condenado a muerte a otro cuñado suyo, José, y a Arcano II, último reinante de la dinastía vencida.

 No contento con haber hecho morir a Mariamna, mandó matar también a Alejandra, madre de ésta, e incluso a los pequeñuelos de Baba, únicamente por ser parientes lejanos de los asmoneos. Entre tanto se divertía con mandar a quemar vivos a Judas de Sarifeo y Matías de Margaloth juntamente con otros jefes fariseos.

Más tarde, temiendo que los hijos habidos de Mariamna quisieran vengar a su madre, los mandó estrangular. Próximo a morir dio orden de matar también a un tercer hijo, Arquelao. Lujurioso, desconfiado, impío, ávido de oro y gloria, no tuvo nunca paz ni en su casa, ni en Judea, ni consigo mismo.

Con el fin de que olvidasen sus asesinatos hizo al pueblo de Roma un donativo de trescientos talentos para que se gastasen en fiestas, se humilló ante Augusto para que le guardase las espaldas en sus infamias y al morir le dejó diez millones de dracmas y además una nave de oro y otra de plata para Livia.”

El arribista Herodes

Herodes tenía 10 años cuando el general romano Pompeyo sometió Jerusalén. A los  16 se hizo amigo de Marco Antonio, quien había llegado  a Palestina para doblegar un levantamiento de los Asmoneos.

Una década después, su padre,  Antípater, ayudó a Julio César a conquistar Egipto y a cambio fue convertido en administrador (Procurador) de Palestina. Herodes, que tenía 26 años, fue designado  Gobernador de Galilea y cinco años  más tarde, Marco Antonio lo designó rey regional (Tetrarca).

Dos años después (40 a. C.)  fue expulsado de su territorio por las tropas partas apoyadas por el príncipe asmoneo Antígonon y tuvo que realizar un viaje desesperado a Roma donde Marco Antonio y Octavio le nombraron rey de los judíos, decisión que fue rápidamente confirmada por el Senado romano.

En tres años, Herodes se había impuesto sobre sus rivales y tomó posesión de Jerusalén a la edad de 36 años. Este personaje siniestro, que no había nacido en Judea, gobernaría en Jerusalén durante al menos 33 años, igual que el rey David.

Sin embargo, su ilegitimidad dinástica y su indiferencia religiosa le hicieron impopular entre los judíos, especialmente frente al partido religioso ortodoxo de los fariseos, por lo que veía conspiraciones por todos lados.

El historiador Josefas señala  que Herodes fue designado Procurador de Galilea por Roma, cuando tenía veinticinco años. Después él pagó dinero al Senado Romano para que lo hicieran Rey de Palestina, y fue coronado rey del estado Judío por Augusto Cesar, con gran pompa y mucha ceremonia.

Para consolidarse en el poder y disimular la explotación al pueblo judío , Herodes emprendió una serie de obras públicas, por lo que fue conocido como el Grande, apelativo que le otorgaron los ayayeros palaciegos de ese entonces.

Los años transcurridos entre el 25 y el 13 a.C. fueron los más prósperos de su reinado al poner en marcha gran número de proyectos arquitectónicos, incluida la construcción en Jerusalén, Jericó y Cesarea, de teatros, anfiteatros y circos para los juegos inaugurados en honor de Augusto.

Asimismo, protegió la frontera de Judea frente a las incursiones árabes, construyó o restauró una serie de fortalezas, que posteriormente probaron ser de gran valor para los judíos en su insurrección contra Roma , como en el caso de Masada.

A finales de su segunda década de reinado, Herodes estaba preparado para emprender algo todavía más ambicioso. Construiría un gran templo y un palacio en Jerusalén, y hacerlo así combinaría la función de Salomón con la de David.

El precedente sentado por los reyes que gobernaron después de Salomón hizo que ésta fuera una empresa absolutamente aceptable (al menos para los judíos que todavía reconocían la institución de la realeza).

Herodes fue denigrado como un opresor lo que  le sirvió para relacionarse  más estrechamente con el Águila romana  que redujo a Israel a una “dura servidumbre” con sus programas de edificaciones monumentales.

De esa manera se convirtió en el constructor más célebre de todo el Cercano Oriente, eclipsando incluso a Roma durante este periodo pero su obsesión perversa terminó por llevarlo a los crímenes más horrendos. Por lo que llamaba “razones de Estado” lo que repetirían a través de los siglos los dictadores de toda calaña.

Por esta razón cualquier parecido con otros obsesionados por el poder NO es una simple coincidencia.