Jaime Guardia: Charango supremo

 

Jaime Guardia cumple 84 años y mantiene la autenticidad de la música peruana como charanguista y compositor en una trayectoria que supera holgadamente las seis décadas.

Don Jaime Guillermo Guardia Neyra anda de cumpleaños. Y ya son 84 calendarios pero me está contando que está bien recuperado, y se nota. Hace un tiempo se puso malo y hasta llegó a Cuidados intensivos. Pero ahora acaricia otra vez su charango y se pone a cantar y tocar. Como cuando, terminando el colegio, dejó su pueblo en 1941 cuando tenía ocho años. Y luego, cuando creció y formó parte del trío La Lira Paucina, junto a Jacinto Peve y Luis Nakayama. Don Jaime Guardia Neyra había llegado de Ayacucho a una ciudad de Lima distinta. La capital era aparentemente apacible pero en su entraña anidaba un recelo y rechazo a los peruanos de las provincias. Guardia fue venciendo esas adversidades. Y solo con la verdad de su música. Su conjunto desde la década del 50 logra grabar seis discos, todo un record.

De Guardia se puede asegurar que su valor es la autenticidad del arte genuino. Una expresión legítima donde se sostiene la identidad de lo peruano. Hoy es representante mayor del folclore nacional junto al Dr. Raúl García Zárate, nuestro eximio guitarrista ayacuchano. De antes, fue compañero también del recordado violinista, don Máximo Damián, con quien gozó de la amistad y protección de José María Arguedas. Todos ellos, reconocidos representantes populares del sentimiento artístico del Perú y que han cuajado un acervo y patrimonio fidedigno de las raíces más profundas de nuestro país. Su música así, forma y construye ese imaginario refrendado de lo propio y natural del gran capítulo de nuestra tradición y conseja nacionales.

Fue precisamente José María Arguedas quien reconociendo el valor de Jaime Guardia le dedicó una de sus mejores novelas, Todas las sangres (Editorial Losada, Buenos Aires, 1964) con estas palabras: “A Jaime Guardia, de la villa de Pausa, en quien la música del Perú está encarnada cual fuego y llanto sin límites”. Y mientras toca Ojos azules hace un alto porque lo asaltan los recuerdos de Arguedas. Desde esa vez que se encontraron en Radio Nacional y se hicieron amigos y luego en el Coliseo Nacional y el Ministerio de Educación donde trabajaba Arguedas. Luego, cuenta, que José María era asiduo a la casa de los Guardia donde llegaba para las fiestas y cantaban a dúo, cierto en quechua, y tomaban chicha y cañazo y comían charqui, habitas y cancha, porque el escritor se hizo muy amigo de mi familia.

Hemos tomado nuestras cervecitas. “Sin heladas”, había pedido. Con su mote y chuño con queso. Y en su casa de Surquillo me confiesa que aprendió a tocar la guitarra y el charango a escondidas. “A las familia no le agrada que sus hijos sean músicos. Perdición diciendo”. Jaime Guardia está recordando allá en Pausa, en Ayacucho, las reuniones de su casa. Entonces llegaban los músicos mayores y se ponían a tocar la guitarra, la quena y el charango. Entonces eran tonadas sentidas, llenas de frases tiernas, del canto a la naturaleza y también al amor y el desamor. De esos días es su apego, primero a la guitarra y cuando cumplió los diez años, su dedicación al charango. Entonces interpretaba huaynos, yaravíes y música de los carnavales. Y cantaba y cómo cantaba.

En 1988 El instituto Nacional de Cultura publicó el libro Jaime Guardia, charanguista. Allí se puede leer este testimonio: “Para aprender a tocar llevaba a escondidas el charango a la chacra, ya que mi familia no quería que aprendiera. Escondía el instrumento en los montes, y cada vez que iba me dedicaba a tocar. La quena no me llamaba mucho la atención, pero el charango me gustaba mucho, lo mismo que la guitarra. Lo primero que aprendí a tocar fue la quena, luego la guitarra junto con el charango. Aprendí viendo cómo lo hacían los músicos, cómo tocaban sus instrumentos. No tuve profesor; por eso, yo trataba de entrar en alguna reunión para observar; para escuchar, para ver” es el testimonio del maestro recogido

Desde esa vez, Jaime Guardia solo sabe de charango. Ese instrumento pequeño que en sus manos lo hacen ver como un gigante en concierto magistral y ahora me está contando que había sentimientos encontrados, que fue su abuela materna, doña Juana Benítez quien le regaló un charango de sauce, rústico, como de juguete, que se lo compró en la feria de Pausa. Nadie entonces iba a imaginar que con ese instrumento, Jaime Guardia se iba a convertir en maestro y que como profesor demostraría luego que se trataba de un instrumento distinto para demostrar los sentimientos más tiernos y el más dulce de los sonidos.

Entonces aparece en escena doña Lidia Crispín, su compañera de siempre y Jaime Guardia la observa con ternura. Ahora me está contando que cuando ya adolescente y trabajando en todos los oficios imaginables regresaba de cuando en vez a su tierra. Así conoció a Lidia, una muchacha del pueblo vecino de Chacaray. Una vez en la fiesta patronal del Apóstol Santiago le dice a Lidia que está enamorado. Y ahí no más se casaron y decidieron vivir en Lima. De aquella época ya es su amistad con Arguedas que hasta se hicieron compadres. Con Lidia recuerdan como José María venía en su carro y los llevaba a pasear por todo Lima.

Jaime Guardia ahora recuerda que trabajaba en La Parada junto a un tío suyo comerciante de tubérculos y se hizo experto cargando costales y sacos. “Yo para disimular el peso iba cargando y cantando”, me dice. Entonces se hizo conocido y ahora lo llamaban para que actúe en las fiestas de los paisanos. Primero no cobraba pero se hizo de reconocimiento de todos y no había fin de semana que no lo invitaran. Entonces le comenzaron a pagar y decidió ser profesional en un medio agreste sobre todo en el campo de la música folclórica. Arguedas luego lo invitó a la Casa de la Cultura para que enseñe a cantar y tocar charango. Y de esa manera fue profesor por 30 años de lo que luego se llamaría precisamente Escuela Nacional Superior de Folclore, José María Arguedas.

No fueron años fáciles, todo lo contrario. A inicios de la década de los 50, en Lima se produce el fenómeno de la migración. Miles de provincianos de todas partes del Perú llegan a la capital por mejores oportunidades para vivir. Así se produce un conflicto político social sino básicamente cultural. Los recién llegados no estaban de vacaciones, había tomado los contornos de Lima para sobrevivir. En ese panorama, Jaime Guardia y cientos de artistas del Perú profundo, siguen cantando huayno, mulizas y yaravíes. Es a mediados de los 50 que recién Guardia pudo grabar su primer disco. Pero en Lima no, en México. Allá realizó dos discos long play con 24 canciones”.

Recién en 1960 hay un reconocimiento masivo para los músicos folclóricos del Perú. Es así que Jaime Guardia como Picaflor de los Andes o la misma Flor Pucarina, logran actuar en escenarios más amplios y no solos en los circuitos de los coliseos cerrados. Se graban sus discos y se los presenta en la televisión. Guardia así, se convierte en un embajador musical en Chile, Bolivia, Argentina y hasta Japón. En la prensa hay una tibia difusión aunque a partir del Gobierno Militar de Velasco Alvarado, la música folclórica adquiere rol protagónico y se incentivan las expresiones provincianas después de una larga puja por un verdadero reconocimiento.
Es así que Jaime Guardia ocupa hoy un espacio cultural relevante como lo tienen otros artistas y creadores auténticos como Felipe Pinglo Alva, Chabuca Granda, Nicomedes Santa Cruz, Manuel Acosta Ojeda o Lucha Reyes, por mencionar a los más notorios. Reconocer los méritos de Jaime Guardia es revalorar no solo el virtuosismo sino la dulzura de la tradición sureña ayacuchana. Guardia es la tradición y el sentimiento de un pueblo que canta y celebra su historia su mañana.

Arguedas, el maestro

José María Arguedas no solo le había dedicado su novela Todas las sangres. En 1964, siendo director de la Casa de la Cultura a raíz de la celebración del todavía llamado Día del Indio, propicia un ciclo con la actuación de La Lira Paucina. Este es un punto crucial en el devenir de nuestro folclore en Lima. El acto sirvió para oficializar las expresiones culturales de ese otro Perú, el país de los indios y los cholos. El espaldarazo de Arguedas influyó en la figura de Jaime Guardia y otros artistas folclóricos. Desde esa vez, pudieron actuar en la televisión y grabar discos.