Los profetas del fin del mundo

 

Los ha habido y los sigue habiendo de toda laya y pelaje. Desde los más oscuros rincones de la antigüedad rescatable, surgen sus agoreros mensajes que advirtiéndonos contra el desenfreno y otros desarreglos de la psicología humana, nos condenan -a variable plazo- a sufrir el final escarmiento de la gran hecatombe, atribuible al mal genio de algún Jehová de tolerancia vencida, o una indigestión de Donald, tras discutir con el gracioso norcoreano que no es precisamente el Ratón Mickey. Y ¡Cataplún! Ambos super señores de nuestro destino, se enzarzan en un intercambio de misiles coronados de uranio y otras yerbas, desequilibrando finalmente la graciosa y vieja órbita de este planeta, del cual dijo algún sabio clarividente: “Nihil Novum Sub Sole”. O hablando en criollo: “No hay nada Nuevo Bajo el Sol”, para que te enteres, si no mayas el latinajo.

Desde los Eunucos gloriosos de la milenaria China, que guardaban en cristalinas urnas sus amputados atributos, a fin de tenerlos a la mano a la hora de la hecatombe, hasta algunos sabios contestatarios que la NASA también tiene, pasando por el tío Nostradamus que ganó pantalla para siempre a costa de la supersticiosa Catalina de Médicis, que oportunamente murió sentada sobre un recién inventado wáter de marfil, para rematar en textos tan venerados como el Popol Vhu, El Corán y la graciosa Biblia que encontramos en el velador de todos los hoteles del mundo, “El Fin del Mundo”, es el súper show estelar, que algún día nos hará chicharrón, tan sólo para que nuestra prestigiosa poli sentencie ante cámaras: ”se sospecha de un ajuste de cuentas”.

Si, pues, porque en materia de creer o sospechar, hay un abismo de malicia que hizo decir el gran humorista Jardiel Poncela, que: “Un hombre sin cuernos…es como un jardín sin flores”, para contrarrestar al gracioso Don Francisco Quevedo y Villegas, quien afirmaba jocosamente que: “en todo adulterio, el marido, es el último en enterarse”….y a veces, se lo toma muy mal, oiga usted.

.- Bueno pues, el cuento del “Fin del Mundo”, ha dado siempre mucho que hablar y ha servido para que ciertos bamba videntes se ganen la vida -pronosticando la muerte-, y otros, fundaran religiones que llevaron a sus fans, a vivir bajo tierra, mientras otras buenas gentes, nos traen dominicalmente a casita, unos folletines gratuitos que nos consuelan, afirmando que tras el gran colerón del “Altísimo”-que aclaraba el Maestro “Sofocleto”-, no era nuestro antiguo Cardenal a quien este genio del humor, chapeaba como “Monseñor Grandázuri”. Después del Gran Achicharre, digo, los proclamados “Testigos (no “testículos” de Jehová” como afirma mi broder “El Cholo Teves”), “perdonados todos”, o purificados según aseguran otros, pasaremos a vivir –espiritualmente- en Santa Paz a la diestra del Dueño del Circo, mientras el Profeta David, sigue tocando el arpa y el suscrito -que escribe- se entretiene averiguando como es el toque ese de “Las Once Mil Vírgenes”.

Pero lo simpático del tono, es que hasta ahoritita, todos los catastróficos preanuncios, vienen fallando, como acaba de comprobar nuestro “Papa Gaucho” después de visitar conventos y otros huariques, que debieran ser adoratorios de Jehová y no “cincoymedios” de chuculún, donde las monjitas averiguan lo que quiere decir que “hasta la Santa Cede” en tanto algunos monaguillos, encuentran su verdadera vía al Santo Baily, atendiendo a su vocación de telenovela santurrona con debut en el sodalitium.

Y hasta aquí, podríamos decir: “apaga y vámonos”, mientras no arda Troya, pero no. Ahora, un super coco de esos, que aparecen en los Yunaites, para llenarse de plata asustando a gringos ricos, ha agarrado pista para datearnos, que en los próximos cuarenta almanaques, asuntos como el Alzheimer y la tembladera, se convertirán en “La Epidemia del Fin del Mundo”. Afirma este “Doctorucha” que se le escapó a Don Sata”, que “hacia el 2040, seis de cada diez terrícolas, estarán sufriendo estos canallescos males, que nos pueden convertir en “zombis” incapaces de recordar ni quienes fuimos, o tristes guiñapos temblecones, que nuestros descendientes -si son piadosos- nos sentarán a la puerta, para que al atardecer, el más faite de la casa, le diga a la Doña: “Oye. Ya se fue el Sol…guarda el viejo”.- porque así es la vida, mi estimado.

Y entonces pues, como el futuro no me gusta y los chimpunes están caros, además de ser venta exclusiva al choreo, por cuenta de ciertas instituciones que los poseen como cancha, pues, como se sabe, los “fierros”, no caen del cielo, entonces pues, mismo Romeo sin Julieta, voy a procurarme uno de esos menjunjes que se usaban en la vieja Florencia, para huir de la persecución política, que nunca fue “moco de pavo”, o poner punto final a una telellorona de desamores de las que solía escribir -si acaso lo hizo- el tío Shakespeare. El frasquiche -como afirmaba “Cantinflas”- traía pegado a la babita, un cartelín que aseguraba: ”Una gota hay que ingerir…para dejar de existir”.- Y entonces pues, hay dos temas a luquear. En prima: quizás para el 2040, yo, ya no esté por estos barrios. Y en sécond, si acaso por pegarla de Matusalén, todavía anduviera por acanga, al primer chacoveo de tembladera o a cualquier travesura del “Alemán” -que después de todo, era inglés y vivió a principios del XIX- entonces, inauguró un espectacular programa de adiós al cuento y acompañado por una linda chibola -comprensiva, o piadosa-, claro, porque la edad… ustedes me comprenden…- Al toquepala nomás, me mando el vitufí de un solo viaje y… ¡Allá en la paila, nos encontramos!.