Magia y embrujo de los peruanos

 

Llegué tarde por la tarde a la Feria artesanal Manos Peruanas del Campo de Marte. Quería encontrarme con ese arte que conmueve en las artesanías del Perú intenso. Pensé ubicar a la cerámica vidriada de Camilo Vera, los mates burilados de Sixto Seguil, los bordados de la shipiba Olinda Silvano, los tapices de Elvia Paucar de San Pedro de Cajas, las joyas del maestro piurano Víctor Yarlequé o el arte del imaginero ayacuchano César Urbano. Al contrario, nada de eso existía, la oferta era otra. El adivinar, el oler, el presagiar. En la mayoría de stands estaban estacionados nigromantes, videntes y yatiris. Unos me leía las hojas de coca, otros querían pasarme el cuy o la paloma blanca, otros más me ofrecían un auténtico amarre sexual y el gran Juan Tripul de la provincia de Huancabamba hizo que por 20 Soles me haría volver a mi pareja.

En los parques más amplios del distrito de Jesús María se ubican hoy las dos ferias más grandes del Perú. La Feria Internacional del Libro donde una va a leer y la feria artesanal Manos peruanas donde uno lo leen de pies a cabeza. Y desde niños, todos tenemos nuestras ferias. Las tómbolas, kermeses o verbenas son las fiestas públicas donde uno fue a vivir niño por el resto de sus días. Mi memoria siempre me regresa a las vivanderas de la feria de la avenida Primavera en Surquillo, con juegos, bailes y picanteras donde los boleros de Lucho Barrio me hacían soñar con los amores que jamás llegaron. Luego estuvo la Feria del Pacífico con sus grandes shows y después está Mistura, esa feria de los sabores supremos donde prima el Chancho al palo.

Pero en la feria Manos peruanas hay un encuentro con el encantamiento que antes no había de común. Que a uno lo limpian y le encuentran razón a su futuro, que le extraen el daño, que lo hacen recontra feliz. Cuando el maestro Ismael de la Cruz Santana –un secretista del Putumayo– me hizo pasar a su trastienda donde había una calavera y una espada oxidada y comenzó a leerme las cartas del tarot, me pronosticó que iba a sufrir un accidente de tránsito. Qué lástima –le dije—, ya me accidenté hace dos meses. Entonces hubieran venido antes, me respondió. Y más allá están los lectores de coca, casi todos venidos de Puno y Bolivia, el Alto Perú. Así, cada stand lucen los colores refulgentes de miniaturas de chalets, autos y aviones. Las vírgenes y santos encendidos tienen sus espacios protagónicos. Y luego, los ekekos más alucinantes junto a figuras políticas. Este es el otro Perú, mágico y profético.

La primera gran feria de Lima fue la de la Pampa de amancaes. En 1928, durante el gobierno de Leguía, existía el campeonato de vivanderas. Una suerte de Mistura de aquellos años más jarana criolla en santidad de piscos y cachinas. Hasta esa parte del Rímac llegó entonces la gran Rosita Ríos que revelaría esa vez y junto a su familia, una Carapulca de rechupete, unos Anticuchos de corazones estoicos, un Cau cau de camarones en los caldos de la yerbabuena, una Patita de chancho celoso y, la conmoción la originó su Seviche (que antes se escribía de esa manera) de bonifacios retozones. Así ya la habían bautizado como la Reina de la cocina criolla y era para tanto. Sus creaciones incidían en las memorias de los paladares y raspaban las retentivas de los guargüeros más evocadores.
Hoy entre esta orgía de hiervas como ruda, romero artemisa y verbena, me acerqué al stand del Tío Andrés especialista en el rico Chancho al palo. La buenamoza que me atendió me explicaba que el plato costaba 20 soles pero con “wi fi” eran 5 soles más. Extrañado pregunté ¿Qué es “wi fi”? Y ella dijo: “es para que te comuniques con tu mujer. Otros hombres no han regresado a sus casas”. Entonces pedí un Chancho al palo con”wi fi”. Cuando exigí una cerveza helada me dijeron que estaba prohibido el alcohol. Pero caleta me podían conseguir un pisco sour de pisco chileno. No gracias.

Una amiga me dice que me deje estar en ese eterno viaje hacia el mundo del inconsciente arquetípico. Sí, es la otra realidad. En el Perú la práctica del curanderismo y el uso de los alucinógenos vienen de siempre. Los procedimientos para el diagnóstico y el tratamiento de las enfermedades populares como el “daño” y el “susto”, y la participación de las drogas alucinógenas nativas en el curso del ritual mágico de la medicina tradicional, es de uso masivo. La llegada de la cultura española originó una dramática calamidad que amen del exterminio físico de los nativos, trató de erradicar los procedimientos de medicina que practicaban los lugareños que entonces superaba ampliamente la capacidad de los expertos en medicina que arribaron al Perú antiguo.

En la feria Manos Peruanas está la exposición de un país que habita en Lima con todos sus contrastes. Entonces tengo que recordar las largas conversaciones con el antropólogo Luis Millones quien decía que la sociedad andina tenía una interpretación radical de lo que era occidente en los procesos de presión de la evangelización. En el siglo XVII, los conquistadores deciden erradicar las expresiones culturales no católicas, pero fracasan por dos motivos. Porque a la corona española no le convenía que haya tal erradicación, es decir, porque la población indígena pagaba tributo y hacía el trabajo forzado. Pero además, porque se enfrentaron a una civilización con valores muy enraizados y de una visión mágica incompresible.

Ese Perú que sigue manteniendo una cultura genuina desde sus raíces está aquí. Ahora que ingresé donde la yatiri señora Aydé de Acarapi y que por 20 soles me hará una limpieza con el quirquincho, una suerte de armadillo pero que esta vez parece un pollo bebé. La señora Aydé es yatiri, palabra Aymara que significa maestro, guía, chamán, brujo, sanador, gurú o sabio. Entonces pone una balada de Leo Dan y empieza la ceremonia tan rápida como un soplo. Por la panza, por la espalda, entre las piernas. “Estás oscuro me dice” y sigue. Luego tira el pollo que ella dice que es quirquincho y me pregunta si no quiero que me cure del susto. Que para eso son otro 20 soles pero esta vez, la pasada será con huevo y cuy negro comprobado. No gracias.

Al fondo, en el escenario iluminado ha comenzado a cantar el gran Luis Favio, dizque finalista en el concurso La Voz. Lo suyo es la música del recuerdo y a la hora del lonchecito. Entonces se arranca con una de Nino Bravo y las chicas del CETPRO Nuestra Señora del Rosario han comenzado a pegar de grititos y los chicos de la academia Los Rangers ponen cordura, no así las muchachas de la Escuela de Ingeniería de Computación y Sistemas de la universidad Las Américas quienes corean y piden que cante “Una cerveza” del grupo andrógino Ráfaga. Imposible, en estos pagos del señor poblado de espíritus (ajayus) y yatiris que los relacionan a la fuerza y que no entran en vainas.

Y aunque hay curanderos de Piura e Iquitos, prevalecen los secretistas de Puno y Bolivia. En el stand de doña Jesús y Yanet hay un letrero que dice: “Se leen naypes”. El atractivo es que a uno le diagnostican enfermedades pero también le destruyen el “daño” y por supuesto, que hacen limpieza de tu casa o negocio con paloma blanca. Les digo que vine por un amarre. Entonces me indican el menú: “Amares temporales, eternos y matrimoniales. No, les digo, quiero algo más fuerte. Entonces me sacan una tabla: “250 Soles amarre sexual, 200 Soles amarre matrimonial”. Quiero lo primero les digo. “Muy bien, entonces tiene que traer una prenda íntima de la persona”. ¿Su pañuelo? “No, calzón, bueno, una media más que sea”. No gracias.

Y en esta tarde frígida recordé “Las enseñanzas de don Juan”, el libro inicial de Carlos Castaneda mientras me recuperaba de una involuntaria cirugía bajoventral en el otrora Hospital del Empleado de Lima. Era el principio de la década del 70 y yo andaba pegado a la psicodelia y la contracultura. Ese libro, autobiográfico y sincrético, articulaba los alucinógenos, el misticismo y la religión. Así fue mi credo y mi anestesia. Castaneda se había adelantado a Deepak Chopra y Paulo Coelho. Ergo, fue escritor bestseller como denominan los marketeros a los “mejor vendidos”. Fue así escritor de culto como le dicen los incultos. Escritos en ingles –en español hubiesen sido folclóricos—, sus libros inmediatamente fueron traducidos a los idiomas más estrambóticos del planeta. Carlos era estrambótico también. Lo repito, lo leí en un hospital y fui curado para siempre del susto.

La feria de marras es itinerante. En unos días se llamará II Festival Gastronómico Manos Peruanas y se anuncia a Yahaira Plascencia como jale. Entonces no me la pierdo. Yo y otros peruanos que llegan a raudales para el sueño de la casa propia y tener una buena salud. Sí, ¿pero la feria es legal? pregunto. Segun Javier Diaz-Albertini en su reciente libro “El feudo, la comarca y la feria”, denuncia que en Lima la creciente privatización de los espacios públicos es un proceso preocupante por la privatización que se ve exacerbada por la cultura arraigada de la transgresión y la debilidad ciudadana. Eso no es chamanismo ni curandería sino corrupción, dice. La tarde se va del Campo de marte. Regreso a mi hogar. Ya no soy el mismo.

Chamán de los 7 mundos

El chaman más famoso se llamó Carlos Castaneda , era peruano y fue autor del best seller “Las enseñanzas de don Juan”. Había nacido en Cajamarca y fue el escritor que bate hoy mismo records en lectoría. Lo suyo es una obra descomunal como el vuelo de su imaginación que no siempre tuvo buen aterrizaje. El lector avieso y travieso, lo seguía como a las drogas expansoras de la conciencia: el peyote, los hongos y la datura. Sus libros eran sobre drogas, las duras. Castaneda fue en realidad César Salvador Aranha Castañeda (hijo de César Aranha Burungaray, relojero y joyero, y Susana Castañeda Novoa, ama de casa) nació en Cajamarca en 1925. Murió en 1998 en Los Ángeles.