Porque hay “muertos”… que viven

 

Hace ya, largos almanaques, nuestra “sagaz” e incomprendida policía, descubrió que en las Pampas de Nazca, aterrizaban, una, o dos veces por semana, pujantes avioncitos, avionetas y avionzotes, súper cargados de artefactos electrodomésticos y otras tangas, que luego se distribuían en diversas tiendas que aceptaban “la merca”, bajo un rubro denominado “San Francisco”. Es decir:”sin factura”. Liso y llano contrabando encubierto por pitucas familias que más tarde, ocuparían cargos gubernamentales, porque así es el Perú y siempre ha sido.

Como suele suceder, estalló el escándalo, se nombraron las habituales, inútiles, comisiones investigadoras, los políticos capitalistas de la pachanga, pronunciaron enjundiosos discursos rechazando cualquier participación en el millonario enjuague, uno que otro periodista terminó enjuiciado por haber “agraviado el honor” de ciertos insospechables caballeros, finalmente, el Gran Padre Tiempo, echó definitiva tierra sobre el asunto y…a otra cosa, mariposa.

Los periodistas, -que según Don Raúl “El Gordo” Villarán, somos aquellos que moriremos sin haber creído jamás, en lo que el resto de la gente cree durante toda su vida”- supimos desde siempre y para siempre, que “los prestigiosos gentileshombres”, patrocinadores del millonario merengue, estuvieron metidos también en el tráfico de drogas, a través de jóvenes parientes, que calzaban uniformes de la Marina, para evitar excesivos registros en determinados aeropuertos, hasta que uno de ellos, cayó en España. Pero en fin, hay temas que una vez agotados, es mejor olvidar o… mudarse al Palacio de Justicia, a fin de responder querellas de personas “honorables”, oiga usted.

A lo que voy, es a cierta voltereta de mi carrera que allá por los sesentitantos, me hizo anclar en una “tierra de nadie” ubicada entre Colombia y Venezuela, a la cual se denomina erráticamente “La Guajira” y es algo así como un pueblo fantasma, disputado eternamente por ambos países, sin que ninguno llegue a ganar el pleito, hasta ahorita, según se.

En dicha zona sientan sus reales, desde siempre, aventureros, delincuentes y perseguidos de toda laya y de cualquier nacionalidad, cierta o alegada. Demás está decir, que la única ley imperante en tal territorio, es “La del Más Bravo” y si pasé por ahí y logré salir entero, ello obedece a que Diosito es muy grande y la Virgencita de regular tamaño, conforme he podido comprobar a lo largo de mi carrera artística.

Llegué a “La Guajira”, al amanecer de un día cualquiera, y ya cayendo la tarde, me había acollerado con ciertos muchachones dizque peruanos, por cuya actividad pasada o presente, tuve el tino de no preguntar, mientras bebíamos cerveza heladita de marca peruana, llegada ahí quién sabe cómo. Mi cartel de periodista, me daba cierto cachet y para mi asombro, algunos de mis “anfitriones”, habían leído alguna vez mi columna en el diario “Última Hora”, popularísimo por aquel entonces.

Al caer la noche, apareció en la chabola que compartíamos, un cuarentón alto, de ojos grises, que me fue presentado como “un paisano, que había tenido problemas”.- Y nada más.

En la conversación siguiente, el pata me dio un nombre, necesariamente falso, pero me dijo ser de Barranco, acosándome luego a preguntas, sobre el poético balneario, las mismas que yo respondí cuidadosamente, mientras bebía con suma cautela y moderación, alegando una serie de malestares.

Lo que no dije -y hubiera sido necio decir- es que apenas lo ví puede reconocer en él, al capitán de las aeronaves contrabandistas, cuya foto había pasado por mis manos, innumerables veces a la hora del cierre de edición.

El hombre hablaba de Barranco, de los bailes de carnaval, de las más reconocidas bellezas del balneario y sobre todo, mencionaba una calle-que debía ser la de su domicilio-,la misma que yo dije no conocer, o recordar, ya que siempre había vivido en Lima. Concretamente en el barrio de Mapiri, cerca a La Victoria, por ahí, lo cual si era cierto.

Dos días más tarde, me facilitaron un guía, para que “me sacara a la carretera” y así de un camión a otro, terminé en una ciudad y finalmente pude abordar un avión de vuelta a Lima.

Naturalmente, traje en la mente la imagen del piloto al cual oportunamente sus familiares o compinches, habían dado por muerto, publicando incluso su nota funeraria, para cerrar cualquier investigación en torno a sus negras aventuras.

Pero fìjese usted lo que son las cosas. Tiempo después, supe que la presunta viuda del falso muerto, había viajado a Francia con niños y todo, lo que me hace suponer que el occiso de ñanga, resucitó oportunamente. Y en París, sin aguacero. Y esto es verdad, aunque usted no lo quiera.