Revalorizar la maternidad

 

Cada vez es más frecuente que la maternidad no sea una opción vital atractiva para chicas jóvenes, es decir, universitarias o de últimos años de colegio. Hace poco, en un aula universitaria, comenté que, junto a los evidentes progresos morales de la civilización (fin de la esclavitud, igualdad de la mujer, rechazo de la tortura) existen también retrocesos, como el individualismo exacerbado, una de cuyas manifestaciones es el rechazo a los hijos, por considerarlos intrusos y perturbadores de los proyectos personales. Algunas chicas rápidamente respondieron que no veían nada negativo en no desear tener hijos, precisamente porque para ellas no era opción, siendo en líneas generales buenas personas: estudiantes responsables, respetuosas de las leyes. Precisamente el problema está allí: para una cantidad cada vez mayor de “gente buena” un hijo no constituye un bien, y por lo tanto no forma parte de su proyecto personal. Lo preocupante es que no se trata de un caso aislado.

¿Por qué preocupante? Al fin y al cabo es una decisión personal –los sacerdotes tampoco deseamos hijos-, y cada quien es libre de optar o no por la paternidad o maternidad respectivamente. Podrían señalarse diversas respuestas a esta cuestión. Un motivo social evidente es que necesitamos el recambio generacional, pues en caso contrario la pirámide poblacional se invierte y pocos jóvenes sostendrán a una cantidad mucho mayor de ancianos, haciendo inviable económica, social y políticamente la sociedad. En plano global ello conduce, literalmente, a la extinción de algunas culturas y su reemplazo por otras, como se observa ahora en Europa, y como ha sucedido a lo largo de la historia. En plan más personal la respuesta es muy simple: la felicidad es fruto de relaciones personales fecundas más que la abundancia de bienes materiales. Una sociedad de egoístas es también una sociedad de infelices, que a la postre terminan no encontrándole sentido a la vida, buscando legalizar la eutanasia. La difusión de la eutanasia es proporcional a la difusión de la soledad causada por el vacío familiar. Por último, un error de planteamiento está en ver al hijo como “parte de mis planes”, como podría ser una maestría, un carro, un perro o una casa, y no como un don. Se valora la vida con un enfoque equivocado.

El hecho es que esta perspectiva, a la par errónea y peligrosa, ha permeado en la sociedad del bienestar y el consumo, en la sociedad hipercomunicada, y los jóvenes con frecuencia la han interiorizado y asumido acríticamente. Lo dramático es que tomar conciencia de ello puede llevar tiempo, de forma que sea demasiado tarde para el individuo –porque haya pasado la edad fértil de la mujer-, o para la sociedad –porque sea irreversible el descenso poblacional- y, a la postre, nadie advierte del peligro. Esta ceguera voluntaria es provocada. La Conferencia Mundial sobre la Mujer de Beijing mencionó siempre a la maternidad en sentido negativo: embarazos precoces y de adolescentes. No se soluciona solo dando algún incentivo económico a la mujer, pues si ya no constituye una opción vital, si no es parte de su “realización personal”, no verá en ella una elección atractiva.

La causa del problema es cultural. Se ha insistido tanto y unilateralmente en la “realización personal” identificándola con el éxito profesional, que la maternidad tiende a verse como un estorbo. Es triste, pues esta premisa supone que solo somos piezas intercambiables de todo un ensamblaje social de producción. Cómo diría Pink Floyd, simplemente somos “another brick in the wall” (otro ladrillo en la pared), una tuerca de una inmensa maquinaria impersonal.

Por eso, no debería dejarse caer en el vacío la propuesta de reconocer socialmente la maternidad. Un reconocimiento social, público, mediático, económico que vaya más allá de la fiebre comercial de un día (el Día de la Madre), buscando un cambio de paradigma cultural: mostrar cómo una de las más altas, si no la más elevada forma de realización personal femenina, es la maternidad. Es necesario un cambio cultural si no queremos que muchas mujeres no se den esta maravillosa oportunidad, cerrándose así a la unión interpersonal más profunda que existe y clausurando una parte importante de su desarrollo afectivo.

 

  • Javier Pacheco

    Muy buen artículo y con argumentos antropológicos. A estas alumnas suyas además yo les preguntaría, si sus padres hubieran pensado de ese modo, muchas de ellas no estarían escuchando la clase. Concuerdo también con que la maternidad necesita con urgencia un reconocimiento social permanente y no sólo en el día de la madre. Es preocupante que cada vez más jóvenes no vean en el matrimonio y maternidad la realización de sus vidas , como si casarse y tener hijos fuera un compromiso demasiado pesado para llevarlo a cabo y prefieran el goce fugaz y etéreo de los instantes como una pintura impresionista que desvirtúa la realidad y es totalmente individualista.