Un amor que nadie supo

 

A veces, las viejas historias que se han resistido a morir, retornan a nuestra vida, para ser herencia de quienes las merecen. Así me pasó anoche, mientras pretendían ordenar mi caótica biblioteca.

Apareció la historia de un secreto amor del extinto fundador del Partido Aprista. El honesto e incomprendido Víctor Raúl Haya de la Torre, líder que sólo aceptó cobrar un sol, por presidir la Asamblea Constituyente, de este nuestro país, caracterizado por generar políticos enriquecidos de misterioso modo.

Pero es el amor, la pasión humana más extraña y recurrente, como me dijo en silencio, esta historia que surgió del silencio, una noche en que me visitaba la tristeza.

Y venía ataviada en el secreto de una mujer que supo amarlo, en la poesía de la juventud, en la intensidad de la aventura y la persecución y vivió –a su lado o en lejanía- hasta cuando la última frustración les impidió juntarse.

Ella fue sin duda alguna, el gran amor de este político al cual las masas que hoy lo olvidan, supieron aclamar a grito vivo, en tanto, las oscuras fuerzas de ciertos poderosos, lo persiguieron implacables, por más de medio siglo.

Ana Bilinghurst, era hija de un ex Presidente de la República y conoció a Víctor Raúl, en el entonces aristocrático balneario de Chorrillos, allá por 1,917.

El entonces estudiante universitario, se alojaba con frecuencia en la casa de su tío De La Torre Gonzales, y por condición de vecindad, trabó amistad con la bella y pálida jovencita que habría de adentrarse en su corazón, aromada por poemas de Verlaine, compartidos al calor de románticos paseos por el malecón chorrillano.

Desde sus inicios, este amor, tuvo connotaciones trágicas, dignas de una novela de viejo corte, en la cual, los protagonistas perseguidos por un destino cruel, se separan y reencuentran, hasta que la muerte los separa. Hacia el postrer capítulo de estas vidas, estos enamorados vivirían avatares de peligro mortal, persecución política, pesadillas de alcohol y drogas, extraños matrimonios de conveniencia y para terminar, el frío capítulo de la muerte, sin el consuelo de ese final beso, que les negó la vida.

El primer adiós

Esos jóvenes que solían pasear en los atardeceres, tomados de la mano y recitando a dúo, hermosos versos cantarinos, debieron despedirse por primera vez en agosto de 1917. César Gonzáles,-otro tío del estudiante Haya De La Torre- fue designado Prefecto del Cuzco y entonces, solicitó a su joven sobrino sediento de cultura y pasión política, lo acompañara a la citada aventura, en calidad de secretario.
Víctor Raúl, aceptó el encargo y para cumplirlo a cabalidad, trasladó su matrícula de San Marcos, a las aulas de la Ciudad Imperial.

Al despedirse de su amada, entre lágrimas y promesas, el joven solador de entonces, no hubiera sido capaz de imaginar que la Secretaría de la Prefectura del Cuzco”, habría de ser, el primero de los dos púnicos cargos públicos que habría de desempeñar en su prolongada carrera política.

“Sin ella, el APRA no existiría”

Cincuenta años más tarde, en una entrevista exclusiva, Haya De La Torre, llegaría a decir de Ana Bilinghurst: “Sin ella, el Apra no existiría”.

-Ana, era hija de Don Guillermo Bilinghurst, Presidente derrocado por el Mariscal Oscar R. Benavides, hacia la segunda década del presente siglo. También era prima de un joven acaudalado, de nombre Andrés Valle, desgraciadamente atrapado por el infierno de los “Paraísos Artificiales”.

Entre los recuerdos más queridos de Haya, figuraban, tanto, los paseos, los besos y la poesía compartidos, como las aterradoras noches, en las cuales, atormentado por fantasmales pesadillas,
el infortunado Andrés, lo mandaba llamar, para pedirle, que no lo dejara solo, en medio de las angustiosas crisis y los delirios inducidos por la morfina.

En 1,923, el entonces gobernante del Perú, Augusto B. Leguía, intenta ganarse la voluntad del joven “agitador” Haya De La Torre, mediante múltiples ofrecimientos,-incluso, algunos de carácter económico- que, al fracasar, le producen una de esas crisis de malhumor que-según quienes le conocieron-eran frecuentes en dicho mandatario.

Haya, debe partir al exilio y, por consiguiente, se separa de su romántica enamorada y su entrañable amigo Andrés.

Encuentro en Alemania

El año de 1929, habría de marcar época en la vida amorosa e Víctor Raúl. Ana Bilinghurst, viaja hasta Alemania, para sostener con él, una cita que habría de ser decisiva para ambos.

Andrés Valle, había propuesto matrimonio a su hermosa prima, en tanto, ella- leal al amor prometido, como se estilaba por entonces- quería saber si su hasta entonces, enamorado, podía ofrecerle una alternativa, ante esta encrucijada del corazón.

Víctor Raúl, recordaría, años más tarde: “condenado al exilio, sin saber cuándo podría retornar al Perú, empobrecido y casi derrotado…enjugué una lágrima y la dejé seguir su vida”.

Una boda trágica

Ana y Andrés, se casaron en el Perú, tuvieron un hijo (el más tarde periodista, Andrés-Andresito”- Valle Bilinghurst), y fueron abruptamente separados por la muerte. En 1930, la mujer que tanto habría de significar en la vida de Víctor Raúl Haya De La Torre, se había convertido en una joven y bella millonaria, que…lamentablemente, había contraído el desgraciado hábito de las drogas, durante la corta unión con su desventurado esposo.

Cuando Haya retornó al Perú, en la segunda mitad del mismo año, se apresuró a ofrecer matrimonio a su inolvidable enamorada. Pro, esta vez, fue ella quien se negó a tal aventura.

Se sentía enferma, impedida de compartir su terrible vida con nadie.

Se casaría, claro, pero antes, debía curarse. O eso, era lo que ella pensaba como posible.

La lucha contra la droga

Ana Bilinghurst viajó a Chile, para internarse en la Clínica del sabio Sebastián Llorente, gracias a cuyas innovaciones terapéuticas (para ese tiempo), logró liberarse de la adicción a la morfina… pero, inmediatamente, empezó a beber en exceso.

Personas muy cercanas a Haya De La Torre, aseguran que su sola presencia, constituía una especie de freno, para impedirle beber exageradamente. Se sabe también, que el reconocido pensador, compartió hasta extremos jamás revelados, ciertos capítulos de la vida de esta atormentada mujer, que no obstante los desajustes de su personalidad, fue sin duda extraordinaria en muchos aspectos.

Desde 1,936, Ana Bilinghurst, bajo el “nombre de guerra” de “Ana Pantoja”, sería el verdadero “Ángel Protector”, de los apristas perseguidos. Ella, al decir de Haya De La Torre, era: “conspiradora, enlace, agente y espía”.

“Ana Pantoja” se esforzaría en brindar, una y otra vez, escondite al propio Haya, conducirle de uno a otro refugio, con los “soplones” pisando sus huellas y gastaría “una fortuna”, en “mantener vivo” al partido aprista, en medio de una peligrosa clandestinidad.

La fiesta, el asilo y… el adiós

El año 1942, marcó para los apristas, la salida de las catacumbas y el 22 de febrero del mismo año, “Ana Pantoja”, ofreció una gran fiesta para celebrar el cumpleaños de Víctor Raúl,, esta vez, al margen del infatigable acoso policial.

Poco duró l esplendor, sin embargo. La persecución volvió a abatirse sobre Haya De La Torre, para cesar nuevamente en 1,945, en una “alborada democrática”, que parecía definitiva, en la accidentada historia política de nuestro país.

Hay quien dice que “Ana Pantoja”, conducía el coche que llevó a Haya De La Torre a la Embajada de Colombia, la noche en que perseguido najo acusación de haber instigado el motín de la marinería, (3 de octubre de 1948), debió pedir asilo diplomático para probablemente salvar su vida.

En todo caso, 1948, marcó la separación definitiva para estos dos personajes, que-en la sombra- dieron vida a numerosos capítulos de nuestra apasionante historia, viviendo a su vez, una desconcertante y novelesca saga de amor y tragedia.

Al final… las sombras de la muerte

En 1995, la bella y espiritual Ana Bilinghurst, la enamorada y combativa “Ana Pantoja” de la clandestinidad aprista, era nuevamente acorralada por la soledad y el fantasma de las drogas… Al cabo de una crisis final, falleció en la “Clínica Villarán”, paradójicamente ubicada frente al viejo local del Apra, convertido por entonces, en sede escolar.

Cuando Haya retornó-una vez más-al Perú en 1,957, dejó presuroso su equipaje, en una casa atestada de gente, y sólo acompañado por el leal “Chayo” Jorge Idiáquez, enrumbó al Cementerio “Presbítero Maestro”. Llegado sobre la hora de cierre, compró en cien soles un inmenso ramo de violetas-flor preferida de Ana- y llegó a la reja inconmovible del mausoleo familiar, para bañando en lágrimas ir arrojando una por una, el testimonio de un amor que no llegó a ser y sin embargo, vivió intenso y amenazado en medio de la penumbra y el peligro.

Quizás, la dura moraleja de esta historia, sea, que cuando el amor asoma, hay que plantarle pecho hasta a la misma muerte, para unir nuestra vida a quien nos señala el destino.

Así hice yo, cierta noche de mi violenta historia. Paré una fiesta, desafiando a quien fuera y me llevé de encuentro a la dueña de mis amores. Mi eterna y definitiva enamorada.