En el vasto historial del fútbol peruano, pocos nombres resuenan con la mística y la humildad de Gualberto Lizárraga, un hombre cuya labor fue de «fabricante de campeones». Lizárraga no solo fue un entusiasta del deporte en el Callao, sino el arquitecto visionario que, desde la sombra, forjó la identidad de uno de los clubes más queridos del país: el Sport Boys. Su historia es un testimonio de cómo la pasión puede transformar la precariedad en gloria eterna.
La semilla de esta leyenda se plantó en 1926, cuando Lizárraga, entonces estudiante del colegio de los Maristas, decidió fundar un club infantil de fútbol. Esta institución inicial se llamó «Ben Turpin», en honor a un artista de la época al que uno de los niños se parecía, y sirvió como el laboratorio donde se gestó la base humana y técnica del futuro cuadro rosado. Fue el primer paso para establecer una estructura competitiva en el puerto, contando con el apoyo de jóvenes comprometidos con el balón.
La mística de los inicios en el Callao
El 28 de julio de 1927, en el comedor de su propia casa, Lizárraga oficializó la transformación del «Ben Turpin» en el Sport Boys. Para consolidar este proyecto, el fundador sentó condiciones de sacrificio personal admirables, llegando a juntar sus propias propinas para alquilar un modesto cuarto en la calle Sáenz Peña por cinco soles mensuales. Este espacio se convirtió en el primer bastión del club, donde la escasez de muebles se suplía con una visión clara del éxito.
Lizárraga entendió que para formar campeones era necesario rodearlos de inspiración constante. Por ello, decoró las paredes del pequeño local con fotografías de los grandes ídolos de la época, incluyendo a las figuras de la «U» y de Alianza Lima, para que los niños estudiaran a sus referentes. En ese entorno, dirigía las sesiones sentado sobre un cajón, mientras los jóvenes jugadores escuchaban sus instrucciones sentados en el suelo, absorbiendo la disciplina necesaria para triunfar.
Bajo esta dirección técnica y espiritual, el Sport Boys no tardó en demostrar su valía absoluta en el campo de juego. El equipo mantuvo una racha imparable de éxitos, campeonando de forma ininterrumpida cada año desde su fundación hasta lograr el ascenso definitivo a la Primera División en 1931. Esta etapa dorada inicial fue el resultado directo de la base sólida y el sentido de pertenencia que Lizárraga supo inculcar en sus pupilos desde sus primeros pasos.
Un legado inagotable de cracks
Tras su salida del Sport Boys en 1931, Lizárraga continuó su labor pedagógica fundando el club K.D.T., arrastrando consigo a gran parte de la base juvenil del cuadro rosado que deseaba seguir bajo su mando. Con esta nueva institución, repitió la hazaña de formar equipos invencibles que dominaron los torneos infantiles y juveniles por más de una década. Su capacidad para detectar y pulir talento lo consolidó como un mentor fundamental para la posteridad.
La lista de figuras que pasaron por sus manos es un auténtico «quién es quién» del fútbol nacional de mediados del siglo XX. Nombres legendarios como los hermanos Alcalde, Lorenzo Pacheco, Manuel Drago, Marcial Hurtado y el célebre «Pez Volador» Ganoza fueron formados bajo su atenta mirada. Lizárraga no solo enseñaba táctica, sino que preparaba a los hombres para la competencia de alto nivel, dejando una huella técnica y moral en cada uno de ellos.
Incluso cuando se retiró a Huancayo por motivos de salud en 1943, su pasión por el descubrimiento de talentos no se apagó, logrando múltiples campeonatos con el Deportivo Independencia Amateur. En pleno 2026, recordar a Gualberto Lizárraga es rendir homenaje a la sencillez de un forjador que nunca buscó el relumbrón, pero que construyó los cimientos de la gloria del Callao. Su ejemplo sobrevive en cada camiseta rosada que sale a la cancha a defender el honor del puerto.
