El tema de las elecciones presidenciales se ha puesto color de hormiga. Todo gira en torno a quién le corresponde obtener el segundo lugar en la reciente primera vuelta. Por ahora, hay quien ya tiene asegurado el pase al segundo escrutinio ciudadano; lo que está en juego es a quién le corresponde realmente el segundo cupo.
Esto vale un comentario porque, a decir verdad y hasta donde llega la memoria, no existe antecedente sobre el particular. En épocas antiguas, la figura presidencial se gestaba en los elegantes salones del Club Nacional; desde allí, cuando «las papas quemaban» en el sector popular, el trámite más seguro era instalar en el Palacio de Pizarro al mandón más caracterizado de los cuarteles. En estos tiempos eso ya pasó de moda. La democracia, aunque frágil, se va imponiendo y los ciudadanos han sumado experiencias; del mismo modo, cumplen con el deber de otorgar su mandato a quien más se aproxima a la satisfacción de sus expectativas políticas, económicas y sociales.
En estos momentos, según los datos oficiales, hay un promedio de alrededor de medio millón de electores que no han tenido la voluntad de ir a las urnas —cosa evidentemente censurable—, pero también se encuentran aquellos que sí fueron a votar y se dieron con la sorpresa de no poder depositar su papeleta debido a las deficiencias de un proceso mal organizado. Esto explica por qué, ante la diferencia de 27 mil votos, el tercero en discordia no se cansa de patalear e, inclusive, amenaza con ir a los tribunales internacionales alegando que todos se han confabulado contra él.
Quien tiene la primera opción guarda silencio: no le conviene que haya nuevas elecciones. Esto mismo ocurre con quien está en segundo lugar hasta este momento. El tercero en discordia clama, llora, insiste en sus amenazas y ha olvidado que no por mucho madrugar se amanece más temprano. Comenzó su campaña con mucha anticipación, atacó a medio mundo y cayó en el error de olvidar que nadie sabe, al final, para quién trabaja.
