En estos momentos, un sinnúmero de familias de modesta condición económica vive horas de angustia por la falta de comunicación con sus seres queridos, quienes, cediendo a ofertas engañosas, viajaron a Ucrania. Se les ofreció viajar como agentes de seguridad, cocineros o personal de servicios domésticos con un pago atractivo en euros o dólares, que incluía transporte aéreo, alojamiento y alimentación. Sin embargo, al llegar al destino, se encontraron con la sorpresa de tener que aceptar actividades militares propias del enfrentamiento bélico de dicho país con Rusia.
El problema no es reciente. Lo que ocurre en estos instantes es la falta de información sobre el paradero de dichos jóvenes que, ante la posibilidad de encontrar una vida más aceptable que la pobreza en la que vivían en el país, partieron esperanzados en un futuro mejor. La angustia de los padres y familiares es tremenda. Bien se sabe que estar en un frente de batalla es arriesgar la vida, y eso es lo que temen quienes ahora claman por saber cuál es la situación de sus hijos.
La Cancillería está haciendo esfuerzos denodados para responder a las inquietudes de los familiares. Pero nada es suficiente; es triste reconocer que quienes se alejaron del territorio nacional siguieron el ejemplo de otros tantos jóvenes para quienes acudir a batallas de esa naturaleza resulta sumamente peligroso.
Conocemos de cerca lo ocurrido años atrás cuando, por razones periodísticas, estuvimos en Irak. La paga era buena y los jóvenes peruanos lucían con valentía el uniforme castrense; aunque sabían que habían asumido un riesgo serio, eran conscientes de que, a cambio de esa paga, estaba el peligro de ofrendar sus vidas.
¡Malditas sean las guerras y las ambiciones de quienes las provocan! Se dejan llevar más por la codicia que por el respeto a la dignidad humana de jóvenes que dejan sus suelos ante ofertas económicas que pueden ser tentadoras, pero que no valen la pena a cambio de entregar la vida.
Foto Europa Press- Archivo
