Desde los tiempos del virreinato, en estas tierras se ha cultivado la mala costumbre de la «piconería». En el habla popular, este es el adjetivo que se le da a quien pierde el equilibrio del sistema nervioso, entra fácilmente en cólera y responde hasta con «ajos y cebollas» cuando se siente menoscabado u ofendido en lo más íntimo de su sensibilidad.
El tema viene a la memoria por lo que está ocurriendo como consecuencia de las recientes elecciones presidenciales. Si alguien se remonta a siglos pasados, recordará el episodio protagonizado por Francisco Pizarro y Diego de Almagro quienes, de ser socios íntimos junto al cura Hernando de Luque en la aventura de invadir el Imperio Incaico, terminaron siendo enemigos mortales. La piconería surgió con ánimo asesino, tanto que el viejo Pizarro fue victimado en el propio Palacio de la Plaza de Armas donde residía. Asimismo, y mucho antes, un episodio similar fue protagonizado por dos hermanos: Huáscar y Atahualpa. La mala semilla del rencor y la piconería terminó con la vida del primero.
Mala suerte para este país que tanto queremos. La piconería se ha multiplicado; el espíritu de la maldad nos viene alejando de toda manifestación de fraternidad. Después del paso de José de San Martín y Simón Bolívar, el territorio peruano se convirtió en un escenario de ambiciones políticas protagonizadas, en gran parte, por gente de uniforme que anhelaba el «sabroso plato» de la gobernabilidad.
Esto de la piconería ha continuado sin límites. Se recuerdan mucho los enfrentamientos entre Andrés Avelino Cáceres y Nicolás de Piérola. Cada uno quería habitar en la Casa de Gobierno y, para eso, se recurría a la movilización de partidarios estimulados por el pisco y la butifarra. Estos dos personajes fueron ejemplo de piconería; la historia está llena de páginas al respecto. Allí también encontramos lo que sucedió con José Pardo y Augusto Bernardino Leguía: eran copartidarios y disfrutaban de manejar el país a su real criterio hasta que se rompió el hilo de la amistad, para convertirse en conductores de odios y piconerías.
Hay huellas también de lo que ocurrió en los sangrientos años 30 del siglo pasado. Los episodios protagonizados por Luis Miguel Sánchez Cerro y Víctor Raúl Haya de la Torre han sido relatados con amplitud. La piconería se convirtió en el medio malvado para restar el derecho a la libertad y a la vida en un pueblo que reclamaba democracia.
No vamos a hacer más largos estos hechos. Realmente enferma el espíritu y nos hace ver que nos falta mucho para madurar un sistema político donde el respeto a la dignidad ciudadana sea auténtico. Las elecciones presidenciales deben ser mejor organizadas; que nos liberen de pensar en fraudes y otras cosas como esas. Dejemos la piconería de lado; que se entierre definitivamente en nuestra historia pasada. Que la política sea ejemplo de conductas que conduzcan al bienestar general. Ya es tiempo de que el Perú no sea de picones, pero tampoco de pícaros ni picarones.
