Allá por 1610, a inicios del siglo XVII, el virrey Juan de Mendoza y Luna, marqués de Montesclaros, tomó la iniciativa de ordenar la construcción del ahora viejo Puente de Piedra. Es aquel que comunica la primera cuadra del Jirón de la Unión, en el Cercado de Lima, con la primera cuadra del jirón Trujillo, en el popular barrio bajopontino. Fue el arquitecto Juan del Corral quien cumplió con lo dispuesto, y allí está la obra que comunicaba al Palacio de Pizarro con el antaño vecindario de los «carachosos». Así se le llamaba porque en el recordado pedregal estaba el lazareto de los enfermos de lepra. Esto no fue óbice para que viandantes y carruajes llegaran en plan recreacional a la zona que, en su cercanía con los cerros, estaba colmada de campos de cultivo; y, también, al amparo de la cruz del Convento de los Descalzos, casa religiosa que guardaba la memoria del arzobispo Toribio de Mogrovejo, quien se dedicó a hacer el bien por los pobres y hoy, dueño de una santidad ejemplar, descansa en paz.
El puente, igualmente, sirvió para muchas otras cosas, entre ellas para el tránsito poco silencioso de los amores del virrey Amat con la coqueta huanuqueña Micaela Villegas. Era tan fuerte este romance que el afrancesado representante del rey de España le construyó su propio palacio, la Alameda de los Descalzos y el Paseo de Aguas. El puente sigue de pie y es tan importante que Chabuca Granda lo menciona en su criollo vals La flor de la canela.
Muchos años después, y ya durante la República, se levantaron el Puente Balta, el Puente Ricardo Palma y el Puente Santa Rosa. Estos siguen la misma historia del Puente de Piedra: están firmes, aunque con algunas barandas deterioradas, pero, con todo, de gran utilidad pública. Con el paso de los años, la población limeña creció como consecuencia de mil razones; no solo por las urgencias amorosas de los limeños, sino del mismo modo por la multitudinaria emigración, sobre todo de gente de origen andino, llegada con la esperanza de una vida más decorosa.
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Esta circunstancia hizo que el «Mudo» —como le decían los envidiosos a Luis Castañeda Lossio, chiclayano de pocas palabras y muchas obras en su condición de alcalde— ordenara la construcción de un nuevo puente sobre el «río hablador». Lamentablemente el puente, según las informaciones periodísticas, fue mal construido y se cayó, dando lugar a que el ingeniero responsable de la obra dijera muy orondo que no se había caído, sino que se había «desplomado». Para este no contaba que en el idioma también existe la frase caída súbita, cuando lo construido, por ejemplo, no se hizo bien.
Toda esta narrativa viene a propósito de los anuncios del nuevo gobierno que presidirá, en medio de aplausos y alegatos, Keiko Sofía Fujimori. Esta ha anunciado la voluntad de tender puentes políticos con sus opositores, algunos de ellos de aparente radicalismo. Keiko ha reiterado esa voluntad y quienes están a su alrededor repiten lo mismo. Entre tanto, los sin ánimo de ofensa, los «carachosos» de hoy, que son los más pobres, esperan con sufrida expectativa que se tiendan los puentes y ruegan que estos sean firmes, que no se caigan, que no se desplomen. Y así también la tan venida a menos clase media, y entre ella los emprendedores que tienen su dinerito y que están en peligro de perder tan preciado capital.
Ojalá, pues, que eso de tender puentes no sea una repetida frase de palabra vacía y que, así como agotó esfuerzos en su campaña de «tocar puerta por puerta» a los electores, no ahorre voluntad y energía para que sus anunciados puentes políticos se construyan, aunque por allí haya más de un testarudo. Si verdaderamente es católica, le recomendamos que busque a San Martín de Porres, quien en vida logró que perro, pericote y gato disfrutaran del mismo plato. Claro, ahora, precisando del plato político que implora la ciudadanía en general.
