Todavía hay gente de antaño que evoca las costumbres que se daban en la vida política del país hasta los años cincuenta. En realidad, se trata de ciudadanos sobrevivientes que conocieron la práctica habitual del pisco con butifarra en las colectividades políticas que presidían, por ejemplo, Leguía, Sánchez Cerro, Benavides, Prado Ugarteche y Odría. Sobre todo, este último, a quien se le conocía con el mote de «general de la alegría». Gustaba del buen destilado de uva Quebranta y era generoso con sus partidarios y con los ciudadanos que veían en él a un político de mano abierta, aunque el dinero viniera de las arcas fiscales, con la única condición de que, a la hora de votar en las presidenciales, le dieran su voto, esto con la consabida frase de estos tiempos: «el respeto a la voluntad popular». Así era entonces la política proselitista que, además, significaba igualmente obsequios de ropa, alimentos y tantas otras cosas tan necesarias en los hogares humildes —esto último parecido a lo que después actualizó el político conocido como «plata como cancha»—, también, por supuesto, con el nada santo propósito de ganar adeptos.
Mucho antes había otras prácticas en ese cometido. En las regiones andinas está todavía presente el recuerdo de quienes iban a votar previo compromiso de entregar al capitulero de los candidatos la boleta que no había sido depositada en el ánfora respectiva; esto era obligatorio y solamente así se le devolvía el poncho que habían dejado en embargo al ciudadano de nuestras alturas cordilleranas. En el caso de los practicantes costeños de «la voluntad popular», asumían el compromiso previo pago de algunas monedas y otras dádivas. Si no cumplían con lo acordado, se exponían a la golpiza de los capituleros, matones bien entrenados que no le dejaban huesos sanos al incumplidor. Esto, por supuesto, ya no se acostumbra, por lo menos en las últimas elecciones. En cambio, los candidatos tratan de recorrer palmo a palmo las principales ciudades del territorio nacional. Ya no hay pisco con butifarra ni monedas que obsequiar; hay, sin embargo, mil promesas que, de cumplirse, el Perú se convertiría en el «país de las maravillas», y de ahí vienen ahora las dudas. Todos se vuelven apóstoles de la democracia, aquella que tantos anhelan y que, finalmente, termina siendo simplemente promesas cuya responsabilidad recae en «la voluntad popular». Así es la vida política, apreciados contertulios.
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