En Perú todo se ha perdido, menos el humor

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Si se trata de buen humor, no se puede ocultar que los peruanos somos unos de los más reconocidos por tan singular característica. Y no solo eso: con frecuencia tomamos a broma asuntos que, por su importancia, deberían asumirse con seriedad.

Esto fue explicado hace años en la entonces conocida revista Selecciones del Reader’s Digest, una publicación impresa que gozaba de extraordinaria circulación y en la cual, efectivamente, se disfrutaban lecturas sobre diversos temas que, mediante un lenguaje sencillo, ilustraban a los lectores.

Pero, aparte de nuestra afición a la broma, en esa misma publicación se nos ubicaba en primer lugar por la costumbre de poner sobrenombres o apodos singulares a cualquier característica o comportamiento de personas cercanas a nuestro entorno o de personajes ampliamente conocidos.

Un periodista que gozaba de popularidad en este sentido fue el desaparecido Luis Felipe Angell, más conocido por el seudónimo de “Sofocleto”. Piurano de nacimiento y diplomático de profesión, terminó sus últimos años sin perder el humor. Otro personaje digno de recordación fue Leónidas Rivera, quien editaba un semanario cuyo lema rezaba: «En el Perú todo se ha perdido, menos el humor».

Leónidas gozó de gran popularidad. Su semanario era muy solicitado por los lectores. Incluso tuvo una breve vida política durante los años de la dictadura del general Odría. En cierta ocasión quiso gastarle una broma al dictador, a quien llamaban “el general de la alegría”; sin embargo, este no aceptó la chanza y el pobre Rivera terminó en la cárcel. Y eso que era integrante de su propia bancada en el Congreso.

Todas estas evocaciones vienen a la memoria, quizá con algunos olvidos. Pero lo que está sucediendo hoy en la política peruana, como también sucedía ayer, es para morirse de risa. Todos reclaman respeto por la voluntad popular y, cuando las cosas no marchan como quisieran, alegan de mil maneras distintas. Esto lleva a pensar en quienes defienden sus puntos de vista con buen humor y en quienes lo hacen con mal humor.

¿Cómo llamar a esto? Es un misterio del Barrio Chino, como diría el joven José Jeri, quien, de puro bromista, ocupó Palacio de Gobierno, donde hizo sus bromas muy bien acompañado.

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