Ya se viene el 12 de abril día en que se sabrá quien o quienes, ganaron las elecciones para la presidencia de la república y, también, aquellos que irán a ocupar sus escaños en la Cámara de Diputados o en el Senado. Faltan pocas semanas y, sin embargo, no se avizora definición alguna. Los candidatos mueven su cucú, como bailarines de festejo y hacen todo tipo de proclamas, no exentas de payasadas, ante un electorado que no muestra mayor inclinación por ninguno de ellos. Da la impresión que los electores no saben a qué lado inclinarse ante más de 30 candidatos, cosa esta que no tiene paralelo en toda la historia de las elecciones presidenciales. Esto es preocupante. Quizás no le creen a ninguno, quizás tienen dudas o a lo mejor les importa un comino lo que sucederá, ya que los rivales a la fecha no han dado muestras, en líneas generales, de constituirse en la excepción tan anhelada por todos, más o menos.
A propósito de la historia, esto es diferente por muchas razones. Hasta fines del siglo XIX la cuestión presidencial de la República se dilucidaba tanto por medio del billetazo de los más poderosos, como de quien tenía la palabra santa del arzobispado y de aquellos que a punto de sablazos y balazos, conservaban el orden ante los reclamos del pueblo oprimido. Por eso la totalidad de los ocupantes de palacio de gobierno, fueron en esos años militares de la más alta graduación. Esta situación, nada democrática, no cambió mucho en las décadas iniciales del siglo XX, aunque el pisco y la butifarra se constituían en los medios para que los votantes se decidieran por tal o cual candidato. Los tiempos de José Pardo, sin embargo, marcaron el asomo de las reivindicaciones populares, hasta que llegó Augusto Bernardino Leguía y le dio a la ciudad de Lima una imagen completamente distinta. Se encargó de hermosearla con plazas, avenidas y monumentos. Esto no fue suficiente para que sufriera las consecuencias de un golpe militar y terminará con sus huesos en la cárcel, sufriendo las peores torturas que son de imaginar. Después llegó la infausta temporada de Luis Miguel Sánchez Cerro, en realidad un soldadote, psicópata lleno de complejos, egocentrista y capaz de cometer cualquier crimen contra sus rivales políticos. Esa década fue sangrienta y de asesinatos múltiples. Sánchez Cerro incluso fue asesinado. El general Oscar R. Benavides se encargó de asumir el mando y en los cuarenta llegó Manuel Prado Ugarteche, con quien parecía que los malos tiempos iban amainar. Pactos de toda laya se convirtieron en la comidilla de una ciudadanía que se limitaba a murmurar. Entró a la cancha José Luis Bustamante y Rivero y a este lo mando de paseo, es decir le quito el alto cargo de presidente Manuel Arturo Odría, a quien se le conoció como “el general de la alegría”. Contra todo lo que se podría creer regresó Prado, aún pese a la celebre reunión en el convento de Santo Domingo, en donde lo más selecto de políticos de ultranza creían que estaban en capacidad de reunir en un solo plato a perro, pericote y gato. Es decir, a electores de los más diversos estratos. El Perú y sus pobrezas morales y materiales siguió su rumbo nuevos presidentes, nuevos golpes de Estado, han marcado con Pérez Godoy, Lindley y Belaunde el Perú político sin convicciones. Llegó Velasco hizo las reformas esperadas, pero Morales Bermúdez y nuevamente Belaunde se encargaron de darle fin a ellas. El Perú siguió su destino fatal. La presencia de García Pérez, entusiasmo a muchos, pero no pasó nada relevante. El siglo se cerró con el autócrata Fujimori, heredó años de terrorismo armado a cargo de la insania de gente extremadamente perversa y que la Fuerza Armada se encargó de combatir con éxito. Llegaron nuevos tiempos, nuevas esperanzas. Toledo, García otra vez, Humala, Kuczynski, Vizcarra, Merino, Sagasti, Castillo, Boluarte y Jerí. Y no ha pasado nada significativo ante la magnitud de la crisis social. Hoy impera, como nunca antes, la corrupción en todos los niveles, sobre todo en el Congreso de la República, la explosiva presencia del crimen organizado, la vigencia de una economía dominada por la minería ilegal. El Perú está enfermo, diríamos ni siquiera en alguna unidad de cuidados intensivos. Todos quieren llegar, aunque a lo mejor hay algunas excepciones, no para gobernar como reclaman las mayorías nacionales, sino más bien para llenarse los bolsillos con el dinero del pueblo. Triste muy triste. La jarana de las elecciones no tiene el ritmo de un movido festejo ni de un huayno alegrón. Pareciera que hay música fúnebre antes que una buena marinera con sonido de guitarra y cajón fiesteros. ¡Dios agarre confesados a los buenos peruanos!
Foto JNE
