Un cajamarquino ingenioso y con aspiraciones presidenciales ha puesto en el vocabulario político la palabra achorados. Lo ha dicho con mucho humor e ironía y explica que hoy tenemos, en ese complejo mundo del que él también forma parte, a los achorados con calle y a los achorados de balcón.
Retrotrayendo tiempos pasados, tal calificativo se utilizaba para quienes eran palomillas con esquina, calle y, mejor aún, con comisaría. Y los palomillas de balcón eran esos de clase acomodada que no frecuentaban los barrios populares, pero sí tenían frases altisonantes y hasta injuriosas. Sin embargo, no se atrevían a salir más allá de sus ventanas. Estos últimos, en años muy recientes, se constituyeron en la avanzada de la pituquería: esos que con su plata creen que pueden hacer lo que les da la gana.
Pero volviendo al asunto de los achorados políticos, resulta que el cajamarquino ha dado en el blanco. Uno de ellos es, efectivamente, un exmandón que, con sus bravatas, trata hasta cierto punto de atemorizar a sus oponentes. La rojería que lo acompaña en su habla diaria se parece mucho a los antiguos “rabanitos”, que eran políticos rojos por fuera y blancos por dentro. Es decir, no es un rojo orgánico; le falta mucho para eso.
En cuanto a los achorados de balcón, están dejando huellas. Gritan sin tener verdaderamente razón. Tratan de infundir miedo a sus contrincantes y a cuantos se les oponen, pero no pasan de allí. Estos también tienen sus antecedentes, sobre todo en la época de los años 30 del siglo pasado, cuando salían con sus camisas negras y estaban convencidos de que mediante la prepotencia lo podían todo.
Esto está ocurriendo en la política de hoy, cuando la ciudadanía mayoritariamente está pidiendo adecentar la vida política del país y hacer de la democracia una convivencia en donde todos los esfuerzos concurran a dignificar la vida de la persona humana. No es poco lo que se pide. Dejemos que los achorados, cualquiera sea su color, se vayan al peor de los infiernos.
