El acomodo y el reacomodo: cosas de mi país

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Ahora que las circunstancias comienzan a dibujar el nuevo mapa político del país, es cuando los intereses empiezan a desplazarse de un lado a otro en un esfuerzo —a veces infructuoso y en otros de fácil trámite— con el fin supremo de lograr acomodos y reacomodos. Todo esto ocurre olvidando que, hasta hace poco, en algunos casos llegaron a decirse de todo a voz en cuello.

Cosas de mi país, tan alegre y, asimismo, con una fuerte tendencia a la gente que le gusta encontrar respuestas a su conveniencia. Mientras tanto la ciudadanía, ahora más consciente que en otras épocas, va pensando cuál es la mejor opción para sacar adelante al país, dolido y sufrido por los desaciertos y los malos hábitos de gente innombrable que, con sus mañas, ensució las curules del Parlamento y hasta el sillón presidencial.

No faltan los que van invitando al «cafecito con malicia», al almuerzo con todo el sabor nacional y, los más entradores, hasta con su pisco sour encima. A lo mejor tampoco estarán fuera de este escenario los seguidores del célebre «Plata como cancha» o del afortunado a quien le gustaba comer arroz chaufa en los comedores de Capón. Ellos, por encargo, ya se están movilizando; no hay tiempo que perder, porque la consigna es sumar votos y más votos, sacándole la vuelta a una ciudadanía que quiere un cambio de verdad.

Ese cambio significa tener un país que viva en una auténtica democracia; en ese sistema político que parece ilusorio, pero que implica que los elegidos son simplemente mandatarios. Es decir, que reciben el encargo de regir los destinos del Perú dentro de los parámetros de sus promesas electorales y de las expectativas del pueblo. Esta es la verdad de la milanesa que, ojalá, no se repita: que nos vuelvan a pasar gato por liebre.

El derecho al pataleo por las elecciones

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