Hay mucho tiempo para ponerse a llorar

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Todo indica que en los próximos cinco años el sol del lejano oriente cubrirá el cielo de esta tierra incaica. Las luces estarán cubiertas con olor a cerezo. Ese es el inminente destino que, aunque no viene con la energía necesaria, se impondrá a pedido de un electorado que ha tomado tal decisión. Discutible al cien por ciento, pero, con toda franqueza, irrefutable por donde se le vea.

Después de cuatro intentos, la heredera de sus mayores —entre ellos muchos calificados como gente buena y otros, todo lo contrario— por fin se podrá lucir con la banda presidencial.

Si esto ocurriera, y parece que sí, es posible soñar entonces que las promesas hechas en la campaña electoral obligatoriamente se deben cumplir. No hacerlo significaría un engaño más, y eso no es tolerable dadas las circunstancias en las que vive un país que lleva el peso del atraso, la miseria y los altos índices de corrupción.

Falta confirmar el resultado final; eso lo dicen quienes votaron por otra apuesta. Sin embargo, hay que poner los pies sobre la tierra y, al hacerlo, pensar en que lo que necesita el Perú es consumir democracia. No la democracia de la que habla la demagogia, sino esa que tanto espera el país para su independencia económica y, con ella, la solución de la grave crisis social.

Habrá tiempo para consolarse, pero pienso que no para rendirse. El derecho a la palabra y, con ello, el derecho a la discrepancia es saludable, siempre y cuando paralelamente se presenten alternativas para construir la convivencia humana en términos de igualdad y sin la tradicional y aborrecida costumbre de la discriminación, el olvido y el abandono. Así que ahora, los que no están conformes tienen las aguas del litoral costeño y los grandes caudales de los ríos andinos y amazónicos para llorar con amargura, pero nunca para ponerse de rodillas, porque eso sería claudicar.

El pueblo soberano debe decidir su futuro democrático

Foto Facebook ONPE