En estos días de transición del cambio de gobierno por la “voluntad popular”, alguien que se supone un diestro politólogo exclamó por la televisión nativa que había que encontrar una fórmula que permitiera que todas las fuerzas representadas en la Cámara de Diputados y en el Senado agotaran esfuerzos para comulgar en cuanto a ideas e iniciativas que le dieran al país una mejor gobernabilidad. Agregó que uno de los caminos para ese buen propósito era sentarse alrededor de una amigable mesa y hablar “tomándose un cafecito”. A su juicio, era una fórmula mágica, porque solo así se podían tender puentes para el entendimiento de las partes hoy enemistadas. El ilustre ciudadano evidentemente está animado por su buen corazón y, también, por su visible escasa experiencia en los ajetreos de la política. Esto porque en estas tierras santas, ni siquiera Simón Bolívar y José de San Martín, históricamente reunidos en Guayaquil, hablaron —posiblemente tomaron café— y no llegaron a ningún acuerdo sobre la emancipación política en esta patria, donde aún el poder colonial mantenía bien puestas sus garras.
Han pasado más de 200 años y no existen antecedentes de esa comunión de voluntades. El sectarismo, el fanatismo, la historia y la demagogia en el país son cualquier cosa, menos un acuerdo nacional que nos saque del subdesarrollo y donde los grandes problemas políticos, económicos y sociales tengan solución, según la guía de un proyecto no de cinco años, sino de mucha más larga duración. Claro que sí, a estas alturas, no faltarán quienes quieran tomarse un cafecito y encontrar un lugar en el poder político. Y allí estarán, fumando con calma un cigarrillo a la espera de que se les convoque o que un amigote les sirva de intermediario para ingresar a la mesa en donde se encuentra la gran torta del poder político.
Mancheta: los puentes firmes, los puentes que se desploman y los puentes que se caen
Foto Andina
